Antes de comenzar mi intervención,
quiero agradecer a José Manuel, las inmerecidas palabras que ha dicho sobre
mí, gracias. Quiero dar las gracias, a la Asociación de Cofradías, por el
honor que me han hecho al brindarme la ocasión de estar hoy aquí, cosa que
jamás pensé en merecer, ni ser capaz. También, doy las gracias a nuestro
párroco Don José María, a las autoridades, y a todos vosotros, al tiempo que
os pido disculpas, si no sale lo bien que merecéis.
Una vez dicho esto,
comienzo el Pregón de la Semana Santa, cuyos días son de Traición, Dolor,
Muerte y Esperanza. El Dolor y la Muerte, se nos muestran con crudeza el
Viernes. La Esperanza, nos la traerá el Domingo próximo.
Voy a cimentar mi pregón
en dos palabras opuestas, y al mismo tiempo, unidas:
Muerte y Esperanza; y por
ello, comienzo citando los títulos de dos libros, que entre otros muchos,
escribió un hombre que a mí personalmente me encanta, José Luis Martín Descalzo.
Estos libros son: “Razones para la Esperanza y Razones desde la otra Orilla”.
Este segundo libro, lo escribió el autor cuando estaba muy enfermo, tanto que
murió antes de que se lo publicaran. Quizá por ello, sabiendo que pronto volaría
al otro lado, le dio a este su último libro, tan bello título, de “Razones
desde la otra Orilla”, y lo encabezó con estas no menos hermosas palabras:
“-Morir, sólo es morir, morir
se acaba, morir es una hoguera fugitiva, es cruzar una puerta a la deriva y
encontrar lo que tanto se buscaba”.
Hoy, nos
encontramos en una orilla lejana a la que Jesús pisó hace 2000 años, pero,
aunque lejana en el tiempo, los sentimientos nos la hacen ver próxima.
Tal día como hoy,
Jesús se preparaba para lo que ya nosotros estamos preparados. Él iba a entrar
glorioso en Jerusalén, y las gentes próximas a la orilla de su tiempo, lo iban a
aclamar, mientras sus manos agitaban palmas y ramas de olivo. Nosotros, también
vendremos desde San Antón aclamando a Jesús montado en la pollinita, traeremos
palmas y ramas de olivo, y diremos igual que ellos dijeron: “-¡Hosanna!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. Estaremos contentos con esta
llegada, y Jesús… Jesús estará feliz, porque Cómpeta se alegra con su venida. Lo
malo, es que pronto nos vamos a cansar de aclamarle, ya que el Miércoles,
al anochecer, oímos tocar la música con notas poco alegres. ¿Qué pasa?, ¿no
estábamos tan contentos hace tres días?
Nos
acercamos a la Plaza y nos encontramos al mismo Jesús que festejábamos el
Domingo, pero esa noche, lo tenemos con las manos atadas, lo hemos hecho
Prisionero, es El Cautivo, y ha sido hecho Prisionero, nada menos que con un
beso que le ha dado uno de entre los doce escogidos, uno que lo siguió durante
tres años por los caminos polvorientos de Palestina, oyéndole hablar de amor y
haciendo milagros tan grandes, como dar habla al mudo, vista al ciego, andar
sobre las aguas, multiplicar panes y peces… e incluso, resucitar a muertos. ¿Y
por qué lo traicionó? ¿¡Por treinta monedas!?
Detrás del
Cautivo, esa noche del Miércoles Santo, adelantamos otro Paso. Llevamos por
nuestras calles empinadas, a Jesús atado a la columna. Es ¡El Cristo de los
Gitanos!, es el Jesús al que los gitanos llaman “¡Moreno y Guapo!”, a
pesar de que le hemos desnudado, le hemos dado más de cien azotes y lo llevamos
coronado de espinas.
“-¡Ecce
homo! ¡Aquí tenéis al Hombre!”, ha dicho Pilato, enternecido ante la
terrible imagen que presentaba el Hombre tan golpeado. Después dijo: “-¡No
encuentro delito en Él!”. Pero… la gente de aquella orilla del año 33 y el
de este, del 2008, han y hemos gritado: “-¡¡Crucifícalo!!”.
Detrás, va la Madre, María, con sus manos juntas y el corazón
roto por una espada de dolor que lo atraviesa. Es la Virgen de los Dolores, es
la Madre que va a estar junto a su Hijo hasta el final… la Cruz.
Dejamos a Jesús
Cautivo, a Jesús en la Columna y a María triste y doliente, y damos por
terminado el Miércoles Santo. Nosotros tranquilos. Los hemos paseado por nuestro
pueblo.
Llega
el
Jueves. Por la tarde vamos a los Oficios y al Lavatorio. Vemos cómo Jesús
sabiendo le queda poco tiempo de estar con los que ama y queriendo quedarse
siempre con nosotros, instituye la Eucaristía. Después, lava los pies a los
doce, ésta es la imagen del Mesías, siervo, que profetizará Isaías. Entre los
doce, está el que pronto lo va a traicionar.
Después, Jesús irá al Huerto de los Olivos a rezar. Jesús está de rodillas,
inmóvil, envuelto por todos los pecados del mundo o… como decía San Pablo “-Él se hace pecado”. Da vértigo el verlo con tanto sufrimiento,
en
completa soledad.
No es
tan extraño que Cristo sudara sangre, temblara y pidiera ayuda al Padre: “-Si
es posible, aleja de mí este cáliz”. Con estas palabras, no pide al Padre le
libre de la muerte, no, “-Morir no es nada”, como decía Martín
Descalzo. Morir no es nada, comparado a la tarea de Redimir.
¿Y qué
hacían sus discípulos o amigos para aliviar esta agonía? Nada… simplemente
dormían. Dormían cumpliendo su vocación de hombres…, no enterarse de las cosas
verdaderamente importantes.
Cuando
terminan los Oficios, Jesús vivo es llevado al Monumento, ¡ahora sí que es un
Cautivo! Está Solo, Traicionado, sólo le queda consumir su misión…
Morir. Pero, antes de que esto
ocurra, al anochecer, la luna llena sale a nuestro cielo para ver pasar por las
calles de Cómpeta, a Jesús cargado con la Cruz. Es algo impresionante, cómo este
Hombre – Dios, se abraza a la Cruz de nuestras maldades, y tropezando, y
cayendo, va camino del Calvario. Tras Él, la Madre, la mujer que un día en
Nazaret, diera el Fiat al ángel de entregar su voluntad a la de Dios, y
realmente, cumplió su palabra.
El Viernes.
El Viernes es un día de dolor y muerte. Al amanecer, las voces de nuestros
hombres rasgan el aire de Cómpeta: “-¡Perdón, oh Dios mío!”, dicen. ¿Por
qué piden perdón? ¿Será porque llevan en una Cruz al mismo Jesús que hace cinco
días aclamaban? ¿Será por eso, por lo que le cantan?
Por la tarde,
vamos a los Oficios y a las Siete Palabras, y oímos atónitos decir a Jesús:
-“¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!”. Después, le
oiremos ofrecer el cielo al buen ladrón: “-¡Hoy, estarás conmigo en el
Paraíso!”.
La
vista de Jesús se va haciendo borrosa, Él sabe que se le acaban las fuerzas y la
vida, y quiere dejarnos antes de irse, con lo único que le queda, su Madre.
Suspendido entre cielo y tierra, tenido por cuatro clavos que le cosen al
madero, mira con ojos velados al grupo de mujeres valientes que le han seguido
hasta allí, entre ellas la Madre. Y dirigiéndose a Ella y al discípulo que tanto
amaba… Juan, dice: “-¡Mujer, ahí tienes a tu hijo! ¡Hijo, ahí tienes a tu
Madre!”. Después de decir esto, la respiración de Jesús está
entrecortada, difícil, tenía que conquistar cada pizca de aire, y para ello,
había que realizar un gran esfuerzo sobre sus pies heridos, para incorporarse y
expulsar el aire estancado en sus pulmones. El corazón desfallece.
Era la
hora sexta, las doce, cuando el azul transparente del cielo de Jerusalén se
tornó oscuro, la tiniebla lo invadió todo, aunque no había nubes de tormenta,
¡la naturaleza lloraba el dolor de aquel Hombre! A esta hora sexta, las doce del
medio día, cayó un desacostumbrado silencio sobre la peña del Gólgota, e
incluso, sobre la ruidosa Jerusalén. Las lechuzas que anidaban sobre el palacio
de Anás, habían quedado en silencio total, igual que lo hicieron las aves que
llegaban a las riberas del Cedrón. Entonces Jesús, haciendo un titánico esfuerzo
sobre sus pies clavados, con el pecho a punto de estallar y los labios abiertos
por la sed, dijo: “-¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?”.
Después, volvió a hablar para decir: “-¡Tengo sed!...” Jesús,
expresa toda el ansia de amor que le embarga. Sed de todos nosotros…. También
siente sed material. Nosotros sólo acertamos a darle hiel y vinagre.
Jesús
está ya moribundo, su cuerpo desnudo está completamente bañado por un sudor
intenso, que es reflejado por el brillo de las antorchas que habían encendido, a
causa de la oscuridad.
Era la
hora nona, las tres de la tarde, cuando Jesús, dando una gran voz dijo:
“-¡Todo está cumplido!”, y sabiendo llegada la hora de partir, inclinó
la cabeza y se dejo morir.
Silencio… hay un espacio de silencio,
Cristo, ha muerto.
Después, para que se cumpliera otra profecía, Longinos, metió su lanza entre la
sexta y la séptima costilla del Crucificado, atravesó la pleura, el pulmón
derecho, llegó a la aurícula derecha de su corazón. Salió la sangre que le
quedaba dentro. Fue la última herida que nuestro desamor abría en Jesús, aunque
Él, era ya cadáver.
Cuando Jesús expiró, desaparecieron las tinieblas, los campos
recobraron sus sonidos, y los pájaros volvieron a volar sobre los huertos y la
Puerta Dorada. Y mientras los cielos se abrían dejando pasar la luz, la tierra
temblaba. ¡Realmente había muerto el Hijo de Dios!
Cuando
salimos de la iglesia, Jesús ya no está, el Sagrario queda abierto, y nosotros,
estamos de luto.
Por la noche, vuelve a nuestras calles la bella imagen del
Crucificado, detrás, va otra que parte el corazón, ¡La Piedad! Es un grupo
incomparable, pues representa el dolor de una Madre que lleva sobre su regazo el
cuerpo muerto de su Único Hijo.
Esta noche, María no sostiene entre sus brazos, como hiciera
en Belén, al Dios Salvador que se hizo carne en el cuerpo de un niño pequeño, un
Niño que quizás lloraría de frío en aquel establo donde el hombre le dejó nacer,
pero un Niño lleno de vida y esperanza.
Esta noche, la Madre se ha vuelto Piedad para acoger en sus
brazos el cuerpo final de una vida de entrega. Esta carga desborda los brazos de
María, la llena de gracia.
Detrás de La Piedad, va el Sepulcro. Jesús está quieto,
tranquilo y callado. Nosotros vamos con Él, en silencio.
Cierra la procesión María Magdalena, la mujer a la que bastó
una mirada de Jesús para que olvidara su vida de pecado, y fuera desde entonces,
su fiel seguidora.
Esta noche, es parecida al que vuela en lo más alto y algo
superior le corta las alas. No se puede explicar el dolor, el dolor de la
muerte.
Una vez, nuestro gran escritor Antonio Gala, dijo
“que la
muerte nos hace más comprensivos”. Yo no lo sé, lo que sí sé, es que nos
hace más callados.
A la media noche,
sale la Virgen de los Dolores, ya no la llamamos Dolorosa, la llamamos Soledad,
porque la tenemos Sola al pié de una Cruz vacía. Es una Madre que no
tiene ya el consuelo de tener al Hijo entre los brazos y poder besar sus
heridas, no tiene el consuelo de verlo en el Sepulcro, ahora está completamente
Sola. “¡Mirad si hay dolor como su dolor!”.
Las mujeres están con ella, es verdad que no pueden quitar su
pena, pero la compañía le hará bien. Las mujeres van calladas, para que la
Madre, oiga el latido de sus corazones, que le hablan de amor, desde la soledad
del silencio.
El Sábado.
El Sábado es el fondo de la nada. Ya terminó el dolor y la muerte, sólo queda la
amargura de la Ausencia.
Este día, para los que vivían a la orilla del tiempo de Jesús
y eran sus amigos, debió de ser un día lleno de vacío, porque estarían llenos de
Desesperanza.
Por la noche vamos a la Vigilia Pascual. La iglesia está
triste, sin flores, sin luces, se nota que no hace mucho, había salido de ella
el entierro de Cristo.
Nos dan velas, salimos a la Plaza y las encendemos a partir
del Cirio Pascual. Empieza la misa, y al llegar el gloria, la iglesia toda se
ilumina, tocan las campanas, “Cristo
ha resucitado. Con Él resucita la Esperanza”.
Cuando
volvemos a casa, estamos deseando sea Domingo, para ver en la calle triunfante
de la muerte, a Jesús Resucitado. Toca la música con notas más alegres que las
oídas durante la semana. Detrás del Resucitado, va su fiel Magdalena, va feliz,
porque al amanecer este día, desvelada por la Gran Ausencia, fue a la tumba
donde habían puesto el cuerpo sin vida de Jesús, y la encontró vacía, vio y
habló a Jesús Resucitado, por eso, viste de blanco y lleva flores. Por último,
va la Virgen de los Dolores, viste también alegremente, es una Madre feliz,
aunque los impulsos propios de su alma de mujer, le hacen llevar lágrimas en sus
ojos, pero son lágrimas de felicidad. Nosotros, nos felicitamos con Ella.
Aquí termina mi
pregón. En él, hemos repasado estos misterios profundos, donde también nosotros
anidamos el Dolor o Desesperanza de nuestro calvario particular.
Esta
noche, desde la orilla de nuestro tiempo tan descreído y desarraigado de todo,
hemos venido agobiados, cansados y con ilusiones y esperanzas agonizantes.
Pidamos a Jesús, ese Hombre – Dios, que desde Belén al Calvario, siempre dio
magistrales lecciones de amor, aumente el nuestro, y además, nos de Fortaleza
para vencer el temor a las dificultades de la vida, que son muchas.
No
podemos rendirnos y sentarnos en los descansillos de la vida, en que a todos
nosotros nos gusta acurrucarnos para dejarnos acariciar por la pereza y
amargura. Por el contrario, tenemos que gritar como lo hizo Pedro, cuando sintió
miedo y empezó a hundirse en el mar, y decir: “-¡Señor, sálvame!”,
y Jesús, cuando oiga ese grito, que es oración del corazón, tenderá su mano y
dirá como le dijo a Pedro: “-¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?”
Entonces, seguiremos tras Él, mar adentro, sorteando los riesgos de la mar, a
veces embravecida, pero venceremos. Y lo mismo que Ulises, el héroe de la
Odisea, encontró las orillas esperanzadoras de su amada Ítaca después de vencer
innumerables peligros, tales como Polifemo, Circe o Las Sirenas, nosotros
también encontraremos la orilla desde donde Este Hombre, que pronto va a
morir, pero también a resucitar, nos dio las mejores Razones para la Esperanza.