Leído el día siete de
abril de dos mil uno,
vísperas
del domingo de Ramos y de la Pesah de Israel de 5.761,
festividad de San Juan
Bautista de La Salle, San Epifanio, obispo;
y San Donato y Rufino, mártires
en la Iglesia parroquial Nuestra Sra. de la
Asunción. COMPETA.
Manuel
Ángel López López.
0.-
(Espero que lo que ahora diré os ayude a vivir la
Semana Santa como un encuentro con el Dios que se hace uno con el hombre en la
humanidad de su encarnación con la intención de auparle al rango de hijo
adoptivo de Dios.
Para
ello he tomado una de las procesiones de Cómpeta: el Vía Crucis. Esta noche
pretendo que asistamos a uno celebrado entre las calles de nuestro pueblo y las
de Jerusalén; como fieles aquí, como testigos presenciales allí.
En
nuestro recorrido nos encontraremos con todos los pasos que se procesionan en
nuestra Semana Santa al natural y descubriremos algo que, seguro todos sabéis,
todos ellos nos dicen que Dios es amor; y todos ellos nos llaman a conversión.)
1.- Iglesia del Santo Sepulcro, Jerusalén. Mientras el
Santo Padre ora ante el sepulcro vacío, nosotros recorremos la orilla norte del
Mar de Galilea por donde resuenan aún las palabras que él mismo dijera
anteayer a más de cincuenta mil personas en el Monte de las Bienaventuranzas:
“En
el momento de su Ascensión, Jesús confió una misión a sus discípulos y les
tranquilizó así: -Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la
tierra; id, pues; enseñad a todos los pueblos... Yo estaré siempre con
vosotros hasta el fin del mundo- (Mt 28, 18-20). Desde hace dos mil años los
seguidores de Jesús han llevado a cabo esta misión. Hoy, en el amanecer del
Tercer Milenio, os toca a vosotros. Ahora os toca a vosotros ir por el mundo a
predicar el mensaje de los Diez Mandamientos y el de las Bienaventuranzas.
Cuando Dios habla, habla sobre lo más importante para cada persona, para las
personas del siglo XXI al igual que para las del siglo I. Los Diez Mandamientos
y las Bienaventuranzas hablan de la verdad y de la bondad, de la gracia y de la
libertad: de todo lo que es necesario para entrar en el
Reino de Cristo. ¡Ahora os toca a vosotros ser valientes apóstoles de
ese Reino!.”
¡Es
verdad!: ¡Ahora nos toca a nosotros ser valientes apóstoles de ese Reino que
Jesús anunciara tantas veces a orillas de este mar que hoy suavemente nos
refresca los pies!.
Pronto
será Semana Santa, ¿tendrá que morir Jesucristo de nuevo antes de que, como
dijo el Papa, nos decidamos a
llevar a cabo esa misión.? (Hb 6,6)
En
los últimos días de su vida pública Jesús ascendió desde Galilea a Jerusalén.
“Iban
de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos; ellos
estaban sorprendidos y los que le seguían tenían miedo. Tomó otra vez a los
Doce y comenzó a decirles lo que le iba a suceder:
«Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a
los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán
a los gentiles, y se burlarán de
él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará.»”
(Mc 10, 32-34)
Todo
sucedió en Jerusalén tal y como Él había dicho.
Madrugada del Viernes Santo. En
Cómpeta la noche aún cubre con su manto la blancura de las casas. Un extraño
frío recorre las encrespadas calles del pueblo. La voz del
silencio se oye en cada rincón. En la Iglesia, un numeroso grupo de
personas hace vela ante el Sagrario.
Aún flotan en el ambiente los
gritos desgarrados de la noche anterior de
Jesús
Atado a la Columna bajo los azotes de los soldados; los azotes, dicen los
Padres de la Iglesia, de nuestra
lujuria: Jesús los sufrió en nuestra carne mortal que el asumiera el día de
la encarnación.
¡Qué lejos queda el día de
su entrada triunfal en Jerusalén, montado en la
Borriquita!
Entonces todos cantamos ¡Hosanna,
bendito el que viene en el nombre del Señor!, y ¡Aleluya, bendito el hijo de
David!. ¡Qué lejos el día en que extendimos nuestros mantos a su paso y con
ramos de olivo y palmas le aclamamos como nuestro rey!... y hoy, en la tensión
de la madrugada esperamos su ejecución.
Parece como si todo hubiese
sido un sueño, o mejor una pesadilla: ayer el triunfo, hoy el fracaso.
Poco a poco el fondo de la
Iglesia y sus aledaños se van poblando de hombres: hombres acostumbrados, sobre
todo los mayores, a cavar su tumba entre cepa y cepa en cada invierno labrando
sus campos. Con su traje y serio semblante, parece que acudieran a un funeral.
...Es como si todo el universo esperase un desenlace fatal.
En
la calle, por oriente, la tenue claridad atisba un rayo de esperanza...
¿Podrá
vencer la luz a las tinieblas? ¿Se tornará la noche oscura de nuestra
existencia en día luminoso?. ¿Librará Dios de la muerte a su Hijo?.
¡“Padre
mío, si es posible, que pase de mí esta copa”!
(Mt, 26, 39), le gritó la noche anterior. Él, que es Todopoderoso ¿no le oirá,
no librará a su primogénito de la muerte?. Pero dicen que luego añadió:
¡...“Padre
mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad.”!
(Mt 26, 42).
¿Por
qué diría esto si lo normal es pedir a Dios que nos quite los malos tragos?
Pero
no, no parece posible que le libre de la muerte... Todo indica que las sombras
acamparan eternamente sobre nuestro paso por esta vida. Si Él no ilumina
nuestra existencia quedándose con nosotros ¿quién lo hará?; si muere ¿qué
será de nosotros?.
Él,
que dijo:
«Yo soy la luz del mundo, el que me
siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.»,
(Jn 8,12); si
ahora deja que la muerte apague su luz, todo será oscuridad; y entonces ¿quién
tendrá la luz de la vida siguiéndole?.
¡Si El se va no habrá luz capaz de iluminar nuestra tiniebla! ”Mientras
estoy en el mundo,-había dicho-
soy luz del mundo”
(Jn 9, 5), pero si se va ¿qué será de nosotros?... ¿o acaso no se va y estará
siempre con nosotros; por ejemplo
aquí, ahora?
¿Jesús,
dónde estás?
Sus discípulos, desconcertados, no saben qué hacer. A Jesús le llevan de un lugar de
Jerusalén a otro, de un suplicio a otro... Y mientras, antes del canto del
gallo, en los jardines de la casa de Caifas, Pedro, aterrado, sintiendo miedo
por su vida, niega conocerte, como
hacemos nosotros tantas veces que no nos interesa tu palabra.
¿Dónde
estas entonces, Jesús?
Los
hombres entran en la Iglesia, miran a la izquierda, por ver si también este año
está... y sí, como cada año, junto al bautisterio, espera el Cristo en su sitio, dispuesto a morir por amor al
hombre, aunque le neguemos; luego se acercan al Sagrario y, nerviosos, salen a
la plaza a esperar...
2.- JESUS ES
CONDENADO A MUERTE.
(Puerta
de Aurelio el de la Luz)
En
la calle la luz ha vencido definitivamente a las tinieblas.
Llegó
la mañana, y en ella,:
“todos los sumos sacerdotes
y los ancianos del pueblo celebraron consejo contra Jesús para darle muerte. Y
después de atarle, le llevaron y le entregaron al procurador Pilato” (Mt
27, 1-2).
Jesús
Cautivo
es llevado entre empujones y risas desde la casa de Caifás a aquel que tenía
autoridad para cumplir las escrituras sin saberlo.
Y
Pilato, sin hallar culpa en Él, lo presentó al pueblo dándole a elegir entre
Jesús y Barrabás. (Mt 27, 16-22) ¡Cuántas veces con el pueblo elegimos a
Barrabás!. ¡Cuántas veces elegimos la violencia, imponer nuestra justicia por
los puños, y qué pocas la mansedumbre, la humildad a las que nos llama Jesús!.
¡Qué cerca estamos de este pueblo que pide a Pilato la muerte de Jesús!
Nosotros
esperando, con nuestro traje... Y al fondo de la Iglesia, sobre su trono,
colgado de la Cruz, en silencio, sabiendo que había llegado su hora, el
Cristo
también espera. Desde pequeño siempre lo recuerdo en esa actitud de espera: si
te pones debajo y le miras a la cara (hay que tener valor para mirar a Cristo a
la cara) descubres en su rostro la espera; la espera
del Padre en la vuelta del hijo pródigo; la espera de María, que todo
lo guardaba en su corazón,... la espera de Cristo a que se haga la voluntad del
Padre...
Llegado el momento tras ser
azotado, empujan a Jesús del lugar
llamado Enlosado y lo sacan fuera; también los costaleros cargan con el trono y
le conducen a la plaza lentamente:
Como
un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan
está muda, tampoco él abrió la boca.
(Is
53, 7)
3.-JESUS CARGA CON LA CRUZ.
(Frente
a José Manuel Escobar)
Mudo.
Ni una palabra en su defensa. Y Pilato, tras lavarse las manos oye decir al
pueblo:
¡Su sangre sobre nosotros y sobre
nuestros hijos!
(Mt 27, 25). ¿No es también nuestra voz la que así grita cuando dejamos
desamparados a nuestros hermanos incapaces de ayudarles en sus necesidades?.
Y
luego dijo:
«Inocente soy de la sangre de este
justo. Vosotros veréis.»
(Mt 27, 24)
¿Qué
dices Pilato?, ¿Acaso hay algún inocente de la sangre derramada por Jesús?.
En ti, todos nosotros nos lavábamos
las manos, como si no fuera con nosotros; nuestra declaración de inocencia
supone la condena a muerte de Jesús.
Entonces se lo entregó para que
fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús,
y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que
en hebreo se llama Gólgota (Jn 19, 16-17).
¿Ha
comenzado el principio del fin?.
Ante
el lugar del juicio quedan algunos amigos de Jesús, desolados, hundiéndose en
la oscuridad de la desesperación, viendo como se llevan al maestro; otros
siguen a Jesús como Maria, su madre,
las
otras mujeres y Juan por entre la
gente, ascendiendo por la estrecha “Vía Dolorosa” que conduce al monte.
En
la Iglesia quedan las mujeres con la triste serenidad del que acepta el
desenlace que se veía venir. Parece como si Dios no hubiese escuchado sus
oraciones.
¿Por
qué tiene que morir Jesús? ¿Acaso la muerte no es el final? ¿Qué padre se
complace en la muerte de su hijo? ¿Es esto un misterio... o una aberración?
Ante
la muerte las dudas nos atormentan, y calle José Antonio abajo llevan a Jesús
al cadalso. ¿Por qué?.
Sobre
sus hombros Jesús Nazareno lleva la
cruz camino del Calvario mostrándonos la senda que hemos de seguir;
por eso, poco antes nos había dicho:
Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su
vida por mí, la encontrará.
(Mt 16, 24)
Pero
¿quien de nosotros está dispuesto a seguirle por sendero tan tortuoso sabiendo
que al final espera el Calvario?. ¿Cómo tomar nuestra cruz si cada día
hacemos lo imposible por huir de ella?.
Gran
misterio que no alcanzamos a comprender: nuestra razón nos dice que huyendo de
la cruz, salvaremos la vida y Él, que quien pierda la vida por seguirle la
encontrará. ¿Hay alguien que esto comprenda?
4.-JESUS
CAE POR PRIMERA VEZ.
(Puerta
de A. María)
Con
tal carga el camino se hace largo, escabroso, lento; y la cruz... bajo su peso
Jesús cae. En su caída están todos los que sufren, están los hambrientos,
los desnudos, los presos, los esclavos... Pero ¡hombre! ¿No vamos a ayudarle?.
Dar nuestra vida, nuestro amor, nuestro aprecio a los demás ¿Tanto nos
cuesta?.
Míralo,
ahí caído en el suelo, aplastado por
el peso de la cruz que no se merecía, con la piel desgarrada por los latigazos,
la cara descompuesta y ensangrentada por los golpes y las espinas, las espinas
de nuestra soberbia que coronan su cabeza;
llena su cara de salivazos... y nosotros ¿no vamos a ayudarle?. ¿Hay
alguien que encuentre sentido a tanto desatino?: El Justo ocupando el lugar del
malhechor, y el malhechor ocupando el lugar de dios.
Calle
Sevilla quisiera acortarse para abreviar el momento, pero no puede, parece
alargarse; callada, quieta y estrecha, observa muda a Jesús caído, como la
muchedumbre que le sigue con sus cantos.
La
primavera despierta con su luz la vida en derredor y asiste entre asombrada e
incrédula al atroz espectáculo; los primeros vencejos pían surcando el
cielo... ¿o acaso lloran al ver a Jesús?.
5.-JESUS
ENCUENTRA A SU MADRE
(Allí
nací)
Tras
las ventanas, en las terrazas, en los recodos de la calle hay mujeres y niños
observando los acontecimientos. De entre ellas un grito desgarra la luz de la mañana:
es María, la Madre de Jesús, La Virgen
de los Dolores que llora desconsolada al ver a su Hijo rodeado de tanto
tormento.
Ella
que al visitar a su prima Isabel llevando a Jesús en su seno había cantado:
Proclama mi
alma la grandeza del Señor y mi
espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los
ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las
generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas
el Poderoso, Santo es su nombre
(Lc 1, 45-49), ahora se
afirmaba en su canto; ella, que guardaba todas las cosas y las meditaba en el
corazón, tal vez tuviera la esperanza de que, como sucediera a Abraham, Dios le
suscitase un cordero que ocupara el lugar de su Hijo.
En
su mente resuena la voz de Simeón, cuando tras haber cumplido, según la ley de
Moisés los días de la purificación, subió al templo a presentar y rescatar a
su hijo:
“Éste
está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de
contradicción - ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que
queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.”
(Lc 2, 34-35).
¿Hay
mayor espada, mayor dolor que atraviese el alma, que ver al Hijo sufrir desgarrándose
hasta la muerte?
Pero...,
María, ¿no recuerdas que el ángel te dijo que tu Hijo sería llamado Hijo de
Dios?, y ¿quién como tu, sabe del amor que Dios le tiene al hombre?; ¿acaso
no te dice algo en el corazón que el Cordero que ocupó el lugar de Isaac era
tu Hijo?.
El
misterio de Dios oculto desde el principio ¿no te lo había revelado ya Dios
siendo su esposa?. ¡María, María,
cordera de Dios, María!
Pero
es tan grande el dolor que nubla la esperanza. ¿Quién ayudará a su Hijo que
camina aplastado por el sufrimiento hacia el suplicio? ¿Quién consolará al
abatido, levantará al caído?, ¿Dónde está ese hombre dispuesto, como Jesús,
a llevar sobre sus hombros la carga de los demás?.
6.-
SIMON DE CIRENE AYUDA A JESUS A LLEVAR LA CRUZ.
(Frente a la casa de P. Tejeiro)
¿Dónde está?. Pero poco a poco el momento final se
acerca. La muchedumbre que sigue al Cristo continúa con sus cantos
penitenciales.
A
pesar de la luz de la mañana son las tinieblas de la muerte las que rondan por
la calle San Sebastián.
Entonces
“...echaron
mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz
para que la llevara detrás de Jesús.
(Lc
23, 26)
Simón
de Cirene, un hombre humilde del campo que no sabe lo que esta sucediendo, carga
con la cruz de Jesús y le sigue. El nunca ha escuchado las palabras de Jesús
que invitaban a tomar la cruz y a seguirle para encontrar la vida, ni siquiera
lo hace voluntariamente, -simplemente
le han cogido a el-.
Tal
vez contigo y conmigo suceda lo
mismo: nos ha cogido Dios para que llevemos la cruz repartiendo nuestro amor a
los demás y le sigamos; si a su propio Hijo le lleva por este camino, ¿no será
cierto que no acaba en el Calvario
sino en la vida, y vida eterna?.
Aunque
claro, ¿quién ha visto resucitar a alguien?
7.-LA
VERONICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESUS.
(Frente
al Colmenero)
Por
la calle S. Sebastián avanza la
comitiva con tensa lentitud. El cansancio y la sangre asolan el rostro de
Cristo: el elegido de Dios, el Ungido, el que salvaría al pueblo de todos sus
pecados –había dicho el ángel a su padre José- hoy se ve camino del fracaso
y la muerte: “despreciable
y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante
quien se oculta el rostro, despreciable y no le tuvimos en cuenta”
(Is
53, 3) había profetizado Isaías años antes.
¿Tan
desfigurado vas, Jesús, que hay
que volver el rostro para no vomitar?
Ante
tan horrendo espectáculo, al menos una mujer llamada Verónica, -eso cuentan
los apócrifos y la tradición- se acerca sin asco a limpiarle el rostro mirando
de cara al sufrimiento. ¡Verónica!. ¡Cuántas veces nuestros hermanos
reclaman de nosotros que seamos para ellos Verónica! y ¡cuántas veces pasamos
de largo sin atrevernos a mirarles de cara en su sufrimiento!
8.-JESUS CAE POR SEGUNDA VEZ
(San
Cayetano)
Sigue. La procesión sigue y dejó atrás San
Cayetano acercándose al cementerio. Allí acaba el viaje.
¡Tantas
veces los mismos que hoy seguimos al Cristo dejamos allí, en el cementerio, a
nuestros seres queridos y volvimos al pueblo solos y abatidos.! ¿Será hoy lo
mismo?.
Los
acontecimientos se suceden con rapidez. Jesús camina exhausto. Sus cansinos
pasos le acercan lentamente a su hora. Muy cerca se puede ver la puerta que
conduce a las afueras. Por segunda vez Jesús dobla sus rodillas por el
agotamiento del dolor. Sus verdugos le envuelven
con latigazos obligándole a levantarse.
Algo
parecido a lo que hacemos con los que solicitan nuestra ayuda, o con los
mendigos, con los que viven su soledad en la calle, harapientos, miserables...
¡Trabaja
y gánate el pan! –le decimos tantas veces y nos quedamos tan tranquilos.
Y
con todo son nuestras dolencias, nuestros pecados los que él lleva, los que le
hacen caer, los que derraman gota a gota su sangre, los que se clavan en sus
sienes arrancándole el poco de vida que le queda.
Desde
el suelo, Jesús, alzando la vista hacia la multitud las ve.
9.- JESUS CONSUELA A LAS MUJERES
(Cementerio)
Numerosas
mujeres lloran y se lamentan a su paso por los sufrimientos que le acosan. Con
su llanto le acompañan sin comprender lo que está sucediendo: un hombre
inocente, que había ayudado a los ciegos, a los leprosos, a los pobres; que había
multiplicado la comida dando de comer a una muchedumbre...
¡Un
hombre de Dios, y que se vea en esta situación!.
¿Por
qué Dios permite tan gran injusticia?.
Y
en la calle, inundada por sus gritos y sus lágrimas, Jesús las mira y les
dice:
Hijas
de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros
hijos. Porque si en el leño verde hacen esto, en el seco ¿qué se hará?
(Lc
23, 28.31)
Si
conmigo que soy inocente, que en mi boca no hubo engaño ni encontraron culpa en
mí, si con el leño verde hacen esto; con el seco, con los pecadores ¿qué se
hará?.
¿Qué será de ti y de mí si al final, en la cruz,
acaba todo?.
10.-JESUS
CAE POR TERCERA VEZ
(Fabrica
de Serrar)
También
la naturaleza observa expectante esperando que la oscuridad se torne luz, el
sufrimiento paz.
Ella
había oído cómo Jesús decía a sus discípulos en el Cenáculo la tarde
anterior:
Mirad
que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro
lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os
he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis
tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo.(Jn
16, 33).
Y
ante la muerte, ante la cruz, todos nos dispersamos, como los apóstoles, cada
uno procurando buscar su vida.
Parece
como si con el camino acabase todo. Pero en el aire resuena la voz de animo de
Jesús: ¡Yo he vencido al mundo!.
Pero
este eco no descarga de dolor la tercera caída. De nuevo cae por ti y por mí.
Cae también por esos niños que antes de nacer se les roba la vida porque no
los deseamos, porque pensamos que nos robaran el tiempo, y nosotros le quitamos
la vida. Jesús también toma sobre sí este sufrimiento.
¿Quién
no cae abatido por tanto peso?.
11.-
JESUS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
(Las
tres cruces)
Atrás
queda el cementerio. El sol anuncia con sus rayos que las tinieblas serán
definitivamente vencidas por la luz.
¿Pero
cuando?, porque todo sigue adelante.
Llegados
al monte Calvario los soldados, tomaron sus
vestidos, con los que hicieron cuatro lotes, un lote para cada soldado, y la túnica.
La túnica era sin costura, tejida de una pieza de arriba abajo.
(Jn 19, 23).
Todo
esta ya dispuesto. Jesús como Sumo Sacerdote, con su túnica sin costura, y a
la vez como víctima del
sacrificio. Y el pueblo, cargado con sus pecados, sin saber que la muerte, su
muerte, será matada con la muerte
de Jesús.
¿O
es que va a morir en vano?
¿Seguiremos
eternamente haciendo inútil su muerte?.
12.-
JESUS ES CLAVADO EN LA CRUZ
(Frente
al bar las Gemelas)
Le crucificaron allí a él y a los
malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen”
(Lc 23, 33).
Traicionado,
negado por sus apóstoles, azotado, objeto de burlas y salivazos,
juzgado como un malhechor, coronado de espinas, aplastado por la cruz,
despojado de sus vestiduras... ¡y ahora crucificado!
¡Y con todo
eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que
soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.
Él ha sido
herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el
castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados.
Todos nosotros
como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Dios descargó sobre él
la culpa de todos nosotros.
Fue oprimido,
y él se humilló y no abrió la boca.
Como un
cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan
está muda, tampoco él abrió la boca.
Tras arresto y
juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa?
Fue arrancado
de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se
puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no
hizo atropello ni hubo engaño en su boca.
Mas plugo a
Dios quebrantarle con dolencias.
Si se da a sí
mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a
Dios se cumplirá por su mano.
Por las
fatigas de su alma, verá luz, se saciará.
Por su
conocimiento justificará mi Siervo a muchos, y las culpas de ellos él soportará.
Por eso le daré
su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso
se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el
pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes. (Is 53, 4-12).
Nicodemo,
judío conocedor de las escrituras, ve
a Jesucristo en este texto de Isaías. También nosotros ahora. Lo que nadie
comprende es que los planes de Dios sobre el hombre pasen por la muerte del Mesías.
Tampoco
las mujeres, entre ellas su madre María, y
Maria
de Magdala; ni Juan comprenden los caminos de Dios, ¿o sí...?.
Al
pie de la cruz, Maria, la Virgen de los Dolores, con el corazón traspasado por la espada (Lc 2, 35) pero
erguida, “sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con
entrañas de madre a su sacrificio, consintió
amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había
engendrado” (CVII LG) nos dice el Concilio Vaticano II.
Estamos
tan acostumbrados a esta imagen que parece normal, pero imaginemos a una madre
que asiste a la muerte de su hijo de treinta y pocos años. ¿Acaso alguien
puede medir el dolor que inunda todo su ser?
Desgraciadamente
todos hemos acudido alguna vez al entierro de una persona joven; la angustia
desborda todos los corazones pero no como al de la madre o el de la esposa...
¡Que
cerca de estas mujeres estaba María!.
Y
en lo mas sublime del amor, María escucha a su Hijo gritar:
«¡Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
(Lc 23, 34)?
¿Hay
locura de amor más grande y más hermosa que ésta de Dios por el hombre?
Me
han maltratado, escupido, abofeteado, se han mofado de mí, y ahora me están
matando, ... pero perdónalos, Padre,
porque
no saben lo que hacen...
Dicen
los Padres de la Iglesia que María al pié de la cruz estaba reparando la
desobediencia de la primera Eva, la cual cooperó con Adán en la ruina de la
Humanidad junto al árbol del jardín; ahora María, como nueva Eva acompaña al
nuevo Adán, Jesucristo, quien realiza en el árbol de la cruz su sacrificio
redentor...
Y
desde la Cruz, casi terminado el Vía Crucis, camino ya de la plaza:
Jesús,
viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu
madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.
(Jn 19, 26-27).
Juan,
el discípulo a quien Jesús amaba, acoge como madre a la madre de Jesús; y la
madre, María, le acoge como a su hijo,
como al mismo Jesús, como si fuese el mismo Jesús...
Y
es que Juan podía decir como San Pablo
“con
Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Esta
vida en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a
sí mismo por mí.”
(Gal 2, 19b-20).
¿Qué
dices Jesús a tu madre? ¿Acaso que en Juan están todos los que te dejan vivir
en ellos y con Juan les das a tu Madre como su madre?, ¿Es tu madre la de todo
aquel que reproduce tu imagen sea la época que sea?.
¿Nos
estás diciendo, Jesús, en Juan, que ahí tenemos a nuestra madre, al pie de la
cruz, esperando con los brazos
abiertos a su hijo: Aquel que haga la voluntad de Dios, y que ese hijo puede ser
cualquiera de los que estamos hoy aquí contemplándote en la cruz?
Yahvé
escribirá en el registro de los pueblos: «Fulano nació allí»,
(Sal
87, 6) dirá el salmo, y de esta forma María es nuestra Madre, la nueva Sión,
de la que se dirá “Todos han nacido ella” (Sal 87)
¡Bendita
Madre que junto a la Cruz nos tomó en su seno!
13.-
JESUS MUERE EN LA CRUZ
(San
Isidro Labrador)
Y “A la
hora nona gritó Jesús con fuerte voz: “Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?”,
-que quiere decir- “¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?”
(Mc 15, 34)
Era
la hora sexta, y hasta la nona hubo oscuridad sobre la tierra. Desde el mediodía
hasta las tres de la tarde. Tres horas asfixiándose lentamente, muriendo como
un maldito...
¿Hay
acaso dolor como su dolor?
No
te extrañes de que la noche inunde la luz del día; de que las tinieblas vistan
al sol de oscuridad pues el que había venido como luz que alumbra a todo hombre
se esta apagando ante los ojos incrédulos de toda la creación.
También
nos sucede a nosotros, ante la cruz de nuestra historia no vemos a Dios por
ninguna esquina, y son las tinieblas de nuestra murmuración, de la queja, del
juicio..., las que esculpen, golpe
a golpe, su muerte.
“Eloí, Eloí,
¿lema sabactaní?”
–grita Jesús en el momento de su
muerte- “Como el agua me derramo
–dice el salmo que Jesús está rezando, y continúa-
todos mis huesos se dislocan, mi corazón se vuelve como cera, se me derrite
entre mis entrañas. Esta seco mi paladar como una teja y mi lengua pegada a mi
garganta; tu me sumes en el polvo de la muerte...
Puedo contar
todos mi huesos; ellos me observan y me miran, repártense entre sí mis
vestiduras y se sortean mi túnica. ¡Más tú,
Yahveh, no estés lejos, corre en mi ayuda, oh fuerza mía!...
Los que a
Yahveh teméis, dadle alabanza... porque no ha despreciado ni ha desdeñado la
miseria del mísero; no le ocultó su rostro, más cuando le invocaba le escuchó.” (Sal 22, 2. 15-16.18-19.20.24-25.)
Cuando
tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.»
E inclinando la cabeza entregó el espíritu. (Jn 30,19)
¿Qué
es lo que está cumplido, Jesús?, ¿acaso la muerte es un buen final como para
sentirse satisfecho?
Y
la historia de una eternidad de amor de Dios al hombre responde: Está cumplida
la vida de Jesús, la obra que Dios le encomendó, están cumplidas todas las
Escrituras: la del Cordero Pascual, la del Siervo de Yahveh... todo el Antiguo
Testamento se ha cumplido.
La
muerte de Jesús es la antorcha que ilumina y da sentido a toda la Historia de
la Salvación: las imágenes del Antiguo Testamento han sido hechas realidad en
la cruz de Cristo, como dice Meliton de Sardes:
“La
ley se ha convertido en palabra y de antigua se ha hecho nueva. El mandamiento
se ha convertido en gracia, la figura en verdad, el cordero en hijo, la oveja en
hombre y el hombre en Dios”.
Rasgado
el velo del templo ya no hay nada que separe al hombre de la presencia de Dios
sino que la cruz, el Cristo, el árbol
de la vida, le une íntimamente a Él y le da sentido a su existencia.(Hb 9,
1-28; Mc 15, 38)
14.-
JESUS ES BAJADO DE LA CRUZ
(Antigua
casa de Arjona)
Tras su muerte José de Arimatea y Nicodemo, ayudados
por algunos hombres, bajan de la cruz el cuerpo exhausto de Jesús y le colocan
en el suelo para ser envuelto en la sábana después de ungido con aceite, una sábana
blanca que anuncia un misterio. Pero antes, antes del adiós definitivo María
le retiene por un instante en sus brazos; su hijo, el que sería llamado Hijo de
Dios yacía en sus brazos, derrotado por la muerte que se ensañó con El hasta
el final. Es la Virgen de las Angustias
que llora desconsolada.
¿¡Quién
es el hombre que no llora al ver a la Madre de Jesús en tanto tormento!? –gritará un canto de la liturgia de este día de
viernes santo.
Y
tras ellos, mientras preparan el cuerpo para la sepultura, la CRUZ. La cruz
desnuda e inmensa abriendo sus brazos, como queriendo decirnos algo.
La
cruz que espantó a casi todos sus discípulos y seguidores; la cruz que nos
escandaliza y nos hace murmurar de Dios; la cruz que es una necedad para los
inteligentes, para los sabios de este mundo; la cruz que es escándalo para
tantos de este mundo; la cruz, ese gran misterio escondido durante siglos, que
es sabiduría de Dios, fuerza de Dios, y que hoy nos mira y nos invita a que
subamos a ella para completar en nosotros lo que falta en nuestros días a la
pasión de Jesús.(Col 1, 24)
15.-
JESUS ES SEPULTADO
(Plaza
Almijara)
Atardece. En Jerusalén pronto el sonido del sofar
anunciará el comienzo de la fiesta; por eso urge sepultar a Jesús, lo llevan a
un sepulcro nuevo excavado en la roca; a lo lejos María su madre, y las otras
mujeres les siguen.
Aquí,
las nubes visten la tiniebla de este día de gris oscuro. Aún así, todo en
derredor habla de vida: -tras las nubes, el sol en poniente, anuncia la
posibilidad de que amanezca un nuevo día; -las plantas explosionan la vida que
llevan dentro en hermosas flores que invitan a la alegría; -los pájaros,
enamorados, buscan pareja soñando con la vida; -los vencejos, las
golondrinas... la misma tarde nos habla de vida.
Pero
el día se vistió inesperadamente de luto. ¡Hasta Pilato se extrañó de que
ya estuviese muerto, de que la Vida hubiera muerto!(Mc 15,44). En el sepulcro
propiedad de José de Arimatea, sobre la losa, envuelto en la sábana, fuera de
las murallas, el cuerpo de Jesús duerme el sueño eterno de los muertos. Eso
dicen los hechos.
...Y
el día, el día parece gritar que todo ha acabado. A la mañana finalizó el Vía-Crucis
con la sepultura de Cristo, a la tarde en el Sermón de las 7 Palabras meditamos
nuevamente su muerte, luego besamos su cruz..., a la noche la procesión,
solemne y tensa, resaltó los últimos
momentos de Jesús, y la Soledad
de su madre vistió de angustia la última noche... de procesiones.
16.-
Puede que para alguno todo acabe el viernes. Con la muerte. En el sepulcro. Y es
que tal vez nuestra fe no vaya más allá de la mera muerte.
Porque
mientras el cuerno del sofar anuncia el inicio de la fiesta donde un año más
esperan al Mesías, Jesús desciende a los infiernos a destruir la muerte,
nuestra muerte, y rescatar a los que vivimos siendo sus esclavos; y ellos, y
nosotros, ¡necios e insensatos, tardos en comprender, sin enterarnos,
instalados por siempre en ella!
Pero
¡no!, en la mañana del domingo, las mujeres, y hasta Pedro, comprobaron que el
sepulcro estaba vacío, la muerte que alojaba había sido vencida.
Desde
entonces, miles de millones de personas, yo mismo, hemos comprobado que
efectivamente, el sepulcro esta vacío.
Es
la obra de Dios, que tras comprobar que al separarnos de Él nos hemos encerrado
en el odio y la muerte, presos de por vida, sin poder escapar de esta situación
en la que el amor de Dios, su amor, no
puede habitar en nosotros; en la plenitud de los tiempos su Hijo se hace hombre
y sufre las consecuencias de nuestro odio y nuestra muerte.
Y
con su muerte, voluntariamente aceptada, inunda del amor de Dios nuestra
existencia y nuestra propia muerte, abriendo la puerta que la orienta hacia la
vida.
Por
eso cuando caemos en el pecado nos encontramos que, allí en la profundidad de
nuestro pecado, está el amor de Dios que se nos ha manifestado en Jesucristo;
donde debíamos encontrar la muerte nos encontramos la vida,... y el sepulcro
vacío: nuestra muerte, nuestro pecado
¡han
sido vencidos!.
Ahora
comprendemos cómo la vida de Jesús,
el camino del vía crucis, nuestra propia existencia, no terminan en el Calvario, en la muerte, en el sepulcro,
sino que se orientan hacia la noche santa del sábado de gloria.
Noche
en que el mal y sus ejércitos son destruidos, noche en que el pueblo es
liberado, noche que abre caminos firmes en medio de las aguas, noche que
destruye las sombras de la muerte con la luz gloriosa de la Vida, noche
admirable que vio la muerte de la muerte, noche que nos salva de las garras del
demonio, noche que nos pasa a los brazos del Padre...
“¡Oh
noche maravillosa -cantaremos en el Pregón
Pascual- en que despojaste al Faraón y enriqueciste a Israel!
¡Oh
noche maravillosa, tu sola conociste la hora en que Cristo resucitó!
¡Oh
noche que destruyes el pecado y lavas todas nuestras culpas!
¡Oh
noche realmente gloriosa que reconcilias al hombre con su Dios.
Esta
es la noche en que Cristo ha vencido la muerte y del infierno retorna
victorioso!”
¡Todo, absolutamente todo, lo había
orientado Dios hacia esta Noche en que la tiniebla se torna luz, y la dispersión
se convierte en unidad!. ¡Uno es Dios, y su Hijo,
en el Espíritu Santo!
El
mismo Jesús que nació en Belén,
es
el mismo que predicó en ésta ribera norte del Mar de Galilea,
el
mismo que entró triunfante en Jerusalén montado en la Borriquita,
el
mismo que fue entregado Cautivo a Pilato,
el
mismo Jesús que Atado a la Columna recibió los azotes,
el
mismo que fue coronado de espinas y Cargado con la Cruz,
el
mismo que clavado en ella ofició el sacrificio redentor de la humanidad,
el
mismo hijo de María que fue sepultado en el sepulcro nuevo,
el
mismo que dejó vacío el sepulcro, como lo encontrara María la Magdalena,
el
mismo que resucitó en la mañana del domingo inaugurando la vida eterna en la
tierra.
El
mismo Jesús que hoy se encuentra entre nosotros, pues en su nombre nos hemos
reunido.
Al
fondo, como un eco lejano se oye un murmullo. El toque de una campanilla me saca
de mis pensamientos. No estoy en la orilla norte del Mar de Galilea. Estoy en el
templo, en la Iglesia de Cómpeta. Es la madrugada del Viernes Santo del año
2.001 y va a comenzar el Vía Crucis.
Mientras
salgo a la plaza la voz del Papa resuena en mis oídos; y algo en mi interior
responde:
¡Es
verdad!:
¡Jesús está
resucitado, y Él es el Señor!
Por
eso ¡Ahora nos toca a nosotros ser valientes apóstoles de ese Reino que Jesús
anunciara tantas veces a orillas de ese mar que hoy, suavemente, nos ha
refrescado el alma!.
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