PREGÓN DE LA SEMANA SANTA COMPETEÑA 1994
D. LAUREANO GARCÍA FERNÁNDEZ
26 de Marzo de 1994
Reverenda autoridad
eclesiástica, respetables autoridades civiles, señor presidente de la
agrupación de Cofradías, amigos cofrades, queridos paisanos, señoras y
señores:
“Donde haya dos
o más de dos, reunidos en mi nombre, YO estaré en medio de ellos”.
Sean mis
primeras palabras, (palabras balbucientes, como todos los comienzos del habla),
para rendir el homenaje debido al Señor de los cielos y de la tierra, cuya
conmemoración, de su muerte y resurrección, nos reúne hoy aquí.
Sirvan también
mis primeras palabras de breve pero entrañable recuerdo a todos aquellos
competeños que nos precedieron y que gracias a sus esfuerzos, es posible que hoy
día, la Semana Santa de Cómpeta tenga una entidad propia.
Y a todos
vosotros que con vuestra generosidad al venir, así como a la agrupación de
cofradías, quiero agradeceros el que me hayáis creído digno de ser el pregonero
de la Semana Santa de Cómpeta de 1994; misión difícil y arriesgada, porque si yo
no acierto a cumplirla, el pregón, que debe ser anuncio y exaltación, no será ni
una cosa ni la otra, pero de lo que podéis estar seguros, es de que saldrá de
lo más profundo de mi corazón; por eso las cosas que os diga serán las que
siento y como las siento.
Permitidme
igualmente, rendir un público homenaje a mi antecesor del año pasado, buen amigo
mío, todos lo conocéis, Antonio Navas Montes, con toda mi admiración y todo mi
respeto.
Agradecimiento,
porque me habéis dado la oportunidad de hablar en mi pueblo y para mi pueblo, en
este incomparable y hermoso templo orgullo nuestro, donde se respira santidad,
con sus capillas con manifestaciones de fe profunda y con el Señor en cuerpo y
alma en su mejor rincón.
Por este templo,
el competeño pasa como mínimo al comienzo y al final de su vida, para saludarlo
al entrar en el mundo y para despedirse al volar hacia Dios.
Y siento un
inmenso honor, porque he sido de los escogidos para recibir, en este mismo
templo, las aguas bautismales, y en él además, inicié la bendita singladura de
conocer y de dar el amor que profeso a mi mujer, para formar una familia a la
que debo y me debo. Para ella el mejor de mis recuerdos en esta tarde de
felicidad.
El pregonero de hoy es aquel
que ayer corría por sus calles, que reía y jugaba y por eso no quiero dejar de
pasar el momento, sin tener un recuerdo para mis compañeros de juego, de risas y
de penas, para todos y cado uno de ellos, un fuerte abrazo.
Todos sabéis que soy hijo de
este pueblo, de familia con raíces cofrades, y lo he pregonado y pregono con
orgullo, en cualquier quehacer de mi vida, a él dediqué mi mejor y mayor trabajo
profesional y he sido fiel a lo que ya en el seno de mi familia me enseñaron: en
Cómpeta todos somos necesarios, y de nuestra participación, grande o pequeña, no
importa, depende el engrandecimiento de nuestro pueblo.
Pero junto a este honor y
este orgullo, siento una gran responsabilidad por dos grandes motivos:
El primero,
porque creo que seré incapaz de ofreceros la calidad que os merecéis.
El segundo,
porque no soy suficientemente digno para hablar de Dios. Pido perdón al
altísimo, que nos preside desde el bello y recogido sagrario, porque no seré
capaz de plasmar en este pregón, su Pasión y los sufrimientos de su Santísima
Madre.
Esa Pasión y
Cruz con que nuestro Salvador dio fin a su vida y predicación en el mundo,
vivió, padeció y murió para redimir a los hombres de sus pecados; y es tan
grande el misterio, que nada igual puede ya suceder hasta el fin del universo.
En este pueblo
todos los caminos conducen a Dios, y a la fe que la Semana Santa es, un camino
pletórico de una espiritualidad singular e insólita, con la ventaja, de que
además, ese camino está lleno de hitos y singladuras rebosantes, gracia y
belleza inigualable.
Ese camino es
algo así como un sendero ribeteado de rosas rojas y dolor, y de rosas blancas de
paz y de perdón; pero al igual que las rosas, exhalando esencias de comprensión
y amor.
Y aquí los pasos
son llevados por sus hijos, y aquí de donde han brotado, como claveles,
sacerdotes que han servido y sirven a Dios, las calles se convierten en templo y
las plazas en catedrales (tal como dijo un pregonero) pero yo añadiría que aquí
los callejones se convierten en capillas y sus rincones en sagrarios.
Sus calles se
llenan de una multitud que ora al paso de la “Pollinica”, de Jesús Cautivo y de
la Columna, de Jesús con la Cruz a cuestas y del Crucificado, de Jesús en el
regazo de su madre, de Jesús muerto en el sepulcro, acompañado, por esa mujer
pecadora que ungió con perfumes su cuerpo en señal de arrepentimiento, María
Magdalena, musitando un Ave María a la Virgen de los Dolores, por si fuera
posible enjugar sus lágrimas y mitigarle en algo su dolor.
A veces este
rezo se hace canto, en el grito desgarrador de una Saeta, dirigida hacia ese
trono mecido por nuestros hombres. Yo tengo la seguridad de que ese rezo llega
hasta el dulce Jesús que hace dos mil años murió por todos en la Cruz y Resucitó
en su paseo triunfal el domingo de Resurrección.
Sus plazas y
calles saben de peticiones y lágrimas, la plaza de la Iglesia tan arraigada en
el pueblo, la calle Sevilla, la Carreta, la Plazoleta..., saben del pisar de
unos hermanos que con fe acompañan a su imagen y saben de las peticiones y
lágrimas de una viejecita que pide por su nieto que está en la “mili”; de una
madre que implora un trabajo para su hijo o de unos jóvenes que miran al Señor o
a la Dolorosa, cara a cara ofreciéndose a Él y musitando una oración.
Cuando Jesús se
dirige a Jerusalén, el camino es escenario de fiesta, aclamación y alegría;
camina montado sobre un borrica, donada por los comerciantes de este pueblo y
cuyo trono para mí es bellísimo, tengo que decir; fue realizado por mi padre,
cuando yo aún no despegaba tres palmos del suelo y contemplaba cómo a altas
horas de madrugada, retocaba, lijaba, pulía hasta casi la perfección todas las
filigranas y adornos decorativos del mismo, y blanco tuvo que ser el color
elegido, para recordarnos las lagunas que en la mente de tantos paisanos
persisten hasta otra Semana Santa; Cristo nos ofrece su Cuerpo y su Sangre en
cada ofrenda de la misa, diariamente.
La gente, los
niños, los chicos y las chicas, alborotan y entusiasmados aclaman a Jesús, “Del
cielo paz y a Dios gloria”. Que tristeza sublime debe sentir Dios cuando al
final de su recorrido, es depositado en San Antón, abandonado, casi olvidado,
sin apenas asistir a misa o una oración durante todo el año.
Las
imprecaciones suceden a la aclamaciones y los agravios sustituye a la admiración
por Jesús. Y es que “Jesús ya había sido sentenciado.”
Si nos
preguntáramos por la causa que motiva una oposición tan frontal respecto a Jesús
de Nazaret y en el mismo día de su entrada triunfal, encontraríamos la respuesta
en la deformación teológica de los dirigentes, que no aceptaban el estilo de
Mesías que presenta Jesús, porque supone optar por un espíritu nuevo.
Termina la Cena.
Él y los Doce de los más suyos han bebido el vino, comido el cordero y el pan
ácimo de la aflicción.
Tristeza y
soledumbre le rompen el corazón y como a menudo acostumbran, se dirigen todos
juntos hacia un olivar, representado en cualquiera de los olivares que tenemos
en este pueblo, el lugar propicio para conciliábulos o para introito de una
tragedia.
Se inician
entonces, la autoinmolación y la desgarradura que conducen al meollo terrible y
fascinante del drama que constituye la elección y el compromiso: “Jesús
Cautivo”, cuya presencia fáctica y reciente entre nosotros, se debe a la
donación de otra paisana en señal de cariño y amor a este pueblo; un hombre, el
Hombre, decide autoinculparse y morir por la humanidad difunta, viva y venidera.
Bebe ese cáliz,
pavorosamente sólo, aterrado, sudando de miedo y pidiéndole a Dios Padre la
liberación por medio de un prodigio.
Qué grande debe
ser el sentimiento de un pueblo, con esa imagen de “Jesús atado a la Columna”,
expresión plástica del sentir, que aunque lejano, perdura en el corazón de
tantos hombres y mujeres que tuvieron que abandonar sus vivencias por avatares
del destino y que al ser posesionada nos debe inducir el recordarlos con
añoranza. Se me ocurre pensar que va siendo hora de apellidar esta imagen con el
nombre de “Cristo de la Nostalgia”.
Sin defensa de
paladines ni valedores, debe soportar en soledad sus padecimientos, infringidos
por aquellos fríos sanguinarios que lo azotaron, vapulearon y su cabeza
empalaron con una corona de púas largas y puntiagudas.
No obstante la
muerte de aquel prisionero melenudo, que vestía una túnica sin costuras tejida
por su madre María, considerado por unos y otros como hijo de Dios, mago,
profeta, esenio por su vida o nazir por su largo pelo, es sin duda uno de los
episodios más conmovedores de la historia de Dios y los hombres.
Cuanta emoción y
recogimiento ante esa expresión tan competeña de “Jesús está en la calle”, allá
va con su Cruz a cuestas; este pregonero se quedó ahíto cuando aún siendo un
muñeco pudo satisfacer su deseo y preocupación, al confirmar que Jesús con la
Cruz a cuestas “estaba entero”, con sus piernas y pies, era la verdadera imagen
que en la mente inocente de un chaval perdura hasta estos días.
El peso de la
Cruz era muy grande y su espalda estaba abierta de heridas sangrantes, y como
era tan larga, tenía que arrastrarla dando tumbos contra las piedras, eran
golpes y tropezones; el palo se clavaba en la carne y le abría las heridas. Los
soldados, le empujaban y le tiraban de la cuerda atada al cuello y el Señor cayó
al suelo bajo la Cruz. Se hace necesario abandonar la envidia, el rencor y
recordar lo que con tanta humildad Él nos dijo: “Si alguno quiere venir en pos
de Mí, niéguese a sí mismo, cargue con su Cruz y sígame”. No busquemos a Cristo
sin Cruz, pues de lo contrario encontraremos la Cruz sin Cristo.
Hoy por hoy la
cofradía en su desfile, es un esfuerzo y buen hacer de sus hermanos cofrades
actuales.
Como todas las
madres, María Santísima de los Dolores, acompaña a su Hijo en todo el
sufrimiento de su pasión, afligida y postrada en su trono avanza lentamente, a
ratos descansa, mientras sus horquilleros la miran, unos llorando y otros
doloridos por el esfuerzo. La Virgen sonríe al tiempo y con su sonrisa parece
decirnos que ante los mitos y frases que amenazan al mundo, no hay más que
trazos a seguir: el de la amplitud para abrazar a los hombres en hermandad y
amor, es decir, los dos trazos que forman el único signo por el que se puede
salvar el mundo: la Cruz.
Siguió a Jesús
desde que salió del Pretorio hasta la colina del Calvario. Oía, a través de las
gentes apretujadas, los gritos que daban a su Hijo para que se levantara del
suelo, y soportó en silencio las mentiras y acusaciones injustas que hacían
contra Él.
Virgen de los
Dolores, enlutada en tu manto de tejido negro, brotando lágrimas silentes del
llanto de Tu alma, lo bonito de tu trono y lo bello de tu palio son como
caricias de este pueblo por lo mucho que te quiere, y agradecimientos, por lo
mucho que te debe.
“El gozo del
amor”. Fue este sentimiento el que debió inundar el corazón de una mujer
pecadora, imagen pequeña y bella, portadora del cáliz del sufrimiento de Cristo.
María Magdalena, que al derramar sus perfumes sobre sus pies, ofreció a Dios lo
más excelso que puede existir en las criaturas, lo mejor de sus bienes, en señal
de arrepentimiento.
Al entrar en
este templo, no resulta extraño el encontrar a algún visitante extasiado ante la
talla del Cristo Crucificado, imagen esculpida por otro competeño, que también
realizó la del Sepulcro.
Mis palabras podrán ser las
más sentidas de todo el pregón, pero no puedo disimular que me salen de los más
profundo del corazón.
Mi advocación va
unida estrechamente a la de la sangre redentora que se derramó en ríos, a
raudales por aquel costado y por las heridas, tantas heridas en todo el cuerpo
que no se hubieran podido contar.
No se habla
demasiado del dolor de Jesús. Normalmente se aplica a la Virgen, pero estoy
refiriéndome a una sensación tan humana, tan inmediata que hay que saltarse los
nombres para quedarse en el núcleo del tuétano y pensar que el dolor tuvo que
ser casi insoportable.
Dolor como para
que el reo afirmara todo lo que sus verdugos hubieran pretendido arrancarle, en
una confesión desde el terrible vértice de la muerte, desde ese lugar que está
justo en el precipicio de la negrura.
Cristo
Crucificado marca las coordenadas de la historia universal de la humanidad:
“antes y después de...”. En Él tiene lugar la Unión, un amoroso diálogo entre la
miseria humana que pide y la misericordia divina que da: por eso Señor este
pueblo te pide con fe y con la esperanza de que pedimos como quienes somos,
sabiendo que das como quién eres.
Hace fresco por
la mañana, abiertos están los caminos que convergen en Cómpeta, y abiertos
también los caminos invisibles del pensamiento y la nostalgia, del amor y de la
oración confiada de aquellos competeños emigrantes que sueñan con la ilusión de
vivir con nosotros una prodigiosa y auténtica unanimidad de mente y de corazón,
de carne y de alma, de todos sus hijos, de toda su vida, acompañar a Cristo
Crucificado en el “Vía Crucis”, y cantándole, pedir todo lo que necesitan en
humana y legítima aspiración.
Cuatro ángeles
sostienen el blanco sudario, San Juan parece estar en éxtasis, mientras la
Magdalena llora su desesperación. La Virgen va erguida, erecta, con la mirada
perdida, con un tremendo rictus de sufrimiento en la comisura de los labios: “La
Virgen de las Angustias”. El descendimiento es un espejo para mirarse y un
modelo del que aprender en muchas cosas.
Su Madre no
pudo defenderle, le veía desnudo y no le podía cubrir; muerto de sed y no le
dejaron darle de beber; la sangre corría por su cuerpo lleno de heridas, y no le
podía limpiar. Ni siquiera pudo recoger en sus brazos el último aliento de su
Hijo querido, ni besarle, ni acariciarle mientras moría.
Jesús está en el
aire suspendido, entre el cielo y la tierra. Su desvalimiento es aterrador, no
hay nada que hacer y su cuerpo se balancea como un pelele; Cristo cae sostenido
por las sabanas que lo mantienen en esa vertical impasible del sueño, del deseo
y la realidad.
La Virgen se
había quedado allí casi derrumbada. La voz no le salió del cuerpo y se sentó.
Unas gotas de sangre le salpicaban las ropas, recibe en su regazo a su Hijo ya
cadáver.
No hace falta
decir que iconográficamente se trata de una escena patética y llena de gran
ternura.
Dice el sentir
popular que nadie puede sufrir como una madre. Es muy posible y sólo San Juan,
tu hijo, te ayuda a levantarte y te señaló el camino.
El rigor
cadavérico es más profundo, se hace necesario embalsamar los despojos de Cristo
y trasladarlo al “Sepulcro”.
La Virgen en su
procesión de “La Soledad”, sigue el camino de dolor que los “quita sangres” han
dejado a su paso y sigue sufriendo sin comprender. ¡Qué silencio!
Las túnicas de
los portadores del trono se pegan a las ropas por el indudable esfuerzo y
Nuestra Madre ya enfila las calles pendientes y estrechas de la “estación
corta”.
Unas calles
enjutas, pero llenas del recuerdo de las voces de las mujeres que sisean sus
mandas al vuelo, vuelo de los vencejos que acompañan a la Virgen en su cortejo.
La Virgen llora,
pero la oración del pueblo de Cómpeta la desahoga y la consuela; es como un
dolor sereno, templado, el de la madre afligida que conoce el misterio de sus
penas y se siente corredentora del género humano.
Para el buen
cristiano, el sábado Santo es un día de reflexión: ¿Ha muerto Dios?, ¿Ha muerto
Dios definitivamente en este tiempo de tormenta y de conflicto?, ¿Ha muerto
Dios, compañero para ti, para mí, para nosotros? ... Dios no ha muerto, ha
muerto el Hijo de Dios, y nosotros hemos participado. Pero volverá a resucitar.
El Señor
resucitado está de nuevo en sus calles, entre la gente que nunca ha desmentido
su amor, por su entrañable gesto de misericordia y recordándonos con su brazo en
lo alto, el compromiso por todos adquirido de asistir a la ofrenda de la misa en
señal de redención.
No quiero
finalizar este pregón si vosotros me lo permitís, sin unas palabras de
reconocimiento para la labor de la juventud, como símbolo de renovación, por ese
trabajo abnegado que realizan en pos de la Semana Santa y a veces vilipendiados
por esas malas lenguas que no conseguimos erradicar; ayúdenlos, y así podrán
perdurar tantas costumbres y hechos que de otra forma y por desidia están
cayendo en el olvido, como pueden ser las canciones del Septenario a la Virgen
de los Dolores, del Triduo al C. Crucificado o del Sermón de las siete
Palabras; sepan Vds., que son totalmente autóctonas. Y como no destacar, la
extraordinaria labor que está realizando, de forma callada y abnegada, nuestro
querido párroco D. Jesús Muñoz Cuenca, para él, que todo se lo está mereciendo,
mi más gratísima admiración.
Y también despediros con
unas últimas palabras dedicadas a la Virgen:
Que no se mueva un varal,
Que no se mueva una flor,
Ten cuidado capataz,
Que llevas a la Madre de
Dios.
Y otras, que con
toda mi alma dirijo a Cristo Crucificado:
Señor: Te he dicho alguna
vez, porque te tengo en mi corazón y en la cabecera de mi cama, que no quiero
pedirte cosas para el trayecto sino para el final. No se trata del camino sino
de la llegada. Bien está lo que bien termina.
Muchas gracias.