Hemos vivido la cuaresma
como gracia de Dios, hemos visto como tenemos la necesidad de arrepentirnos de
tantas cosas ilícitas, sabemos en la medida de nuestra fe, que Dios esta por
encima de todo y que necesitamos vivir según él, que es la verdadera vida. No
la nuestra chata, triste y limitada.
Esta necesidad de vivir
según Dios no debe llevarnos a la impotencia ni al miedo, ni a la angustia
existencial. Dios sabe de nuestras ansiedades y por eso aparece en nuestra
Historia con esta NUEVA Semana de Pasión y Gloria a rescatarnos de donde
nosotros no encontramos salida.
Esta nueva semana es un
momento especial en el que Jesucristo viene a abrirnos las puertas de la vida
eterna sin hacernos violencia, sin que sintamos miedo, para trasladarnos a la
fe, como privilegiados; de hecho estar aquí esta noche ya es un privilegio,
como lo fue para el pueblo de Israel en su tiempo.
Tiempo propicio para
nosotros, para convertirnos, para arrepentirnos, para experimentar la
misericordia y el perdón de Dios. Un nuevo tiempo que nos ayudara a ver nuestra
realidad en la liturgia que hoy ya empezamos.
Esta liturgia nos lleva en
primer lugar a nuestra ermita de San Antón y ese día recordamos, como nos dice
el evangelio, que mucha gente se había enterado en Jerusalén, igual que
nosotros aquí hoy a esta hora, de que Jesús venía a Cómpeta para la fiesta de la
pascua, y tomaron ramas de olivo y palmera y salieron a su encuentro gritando:
“HOSANA EL QUE VIENE EN EL
NOMBRE DEL SEÑOR, EL REY DE ISRAEL”.
Jesús encontrando un
borriquillo montó en él, como estaba escrito: “No temas hija de Sión mira que
viene tu rey montado en un pollino de Ana.”
Estas ramas de olivo y
palmera que este día utilizamos son las mismas que tantas veces habían usado en
el pueblo de Israel para construir las cabañas cuando habitaban en el desierto.
Tal vez, antes de
continuar, podríamos hacer dentro de nosotros un poco de vida en el desierto,
y ver como tenemos necesidad en nuestro calor y agobio de vida de una sombra,
de un respiro fresco. Alivio que podemos encontrar en la Iglesia que nos acoge
en el Domingo de Ramos y nos anuncia la Pasión y Gloria de nuestro Señor
Jesucristo.
¡Bienaventurada Pasión que
Jesús se digna padecer por nuestras almas!.
Realmente viene de nuevo
este año a padecer por todos nosotros, no en apariencia, ni tampoco es una
fantasía, es tan real como que tu y yo estamos aquí hoy. Vamos pues con Jesús y
después de su entrada en Jerusalén, sigámosle los pasos de forma que no perdamos
nuestra salvación.
Al día siguiente acompañado
de los doce, vuelve Jesús a la ciudad, y tal vez en una reacción espontánea,
viendo en el templo como los mercaderes explotaban de forma comercial la
religiosidad de su pueblo, se agacha, agarra unos cordeles que habían servido
para amarrar al ganado, los agita en el aire y vocea a hombres y animales
formando un huracán que desmonta los tenderetes y grita: “¡Habéis transformado
la casa de Dios en guarida de ladrones!”.
Limpiemos también nuestro
corazón, de forma que no habite en él este comercio con el Señor, para que
veamos la salvación pronto, en pocos días.
Para los sumos sacerdotes la
reacción es previsible nos dice Marcos: “Se enteraron los sumos sacerdotes y
escribas y buscaban la manera de matarlo”.
¿No nos estorbará a nosotros
también el Señor para nuestro proyecto de vida? ¡Entremos en la pasión,
vivámosla desde dentro, que no se escape!. ¡No tramemos en esta fiesta ver si
es verdad o no, si Jesús es, si Jesús salva!. ¡No seamos nuestro propio traidor,
el judas de nuestra propia existencia!.
El Miércoles Santo se paga
esta traición de Judas en el Sanedrín. Marcos nos dice: “Judas Iscariote uno de
los doce, se fue donde los sumos sacerdotes para entregárselo”.
Y es en este punto donde el
Señor juega con los proyectos de los hombres, con el vuestro y con el mío.
Entremos en nuestro Judas,
pues “siempre necesita el avaro”, y porque la idolatría e insaciable avaricia
(raíz de todos los males) termina por hundirnos en la perdición, induciéndonos
incluso a matar; nos estorba y constantemente nos lleva a rechazar la luz. Pero
la avaricia acaba por matar a quien la posee.
¿Soy acaso yo, Señor? Mt.
26,22.
Respondámonos nosotros hoy,
Judas no esta lejos de nosotros. Traicionamos al que nos trata como amigos.
¿Quién nos roba de algún modo, el honor, el dinero, el trabajo o el tiempo?
¡Cómo nosotros mismos! Ponemos incesantemente a prueba nuestro amor al enemigo y
nuestra capacidad de lavarles los pies a los demás.
Entremos en Pedro. En vano
aseguró no escandalizarse de Jesús, dispuesto a morir por el. Como nosotros,
que luego en Getsemani no somos capaces de velar una hora en oración con el
Maestro para no caer en la tentación.
Cuando aparece el
sufrimiento, nosotros cristianos, lo miramos con recelo, pues la carne es
débil. Seguimos al Señor como Pedro, de lejos; la lejanía de nuestra
incredulidad, para luego negarle cobardemente ante una criada, y por tercera
vez corroborar con el juramento nuestra formal y particular apostasía (no
conozco a ese Fulano).
¡Cuantas veces dentro de
nosotros por conservar la propia vida, la profesión, el trabajo, el honor, la
cultura o la riqueza negamos, ante una criada o quienes sirven a los ídolos de
este mundo, nuestra fe y compromiso cristiano!.
Seamos también como Pedro,
al canto del gallo reconoció su pecado y lloro amargamente, borrando así
nuestra apostasía. Si hemos sido apostatas primero, seamos después penitentes y
confesemos nuestro amor al Señor.
Pasemos también por las
autoridades judías que también están en nosotros. Esta parte nuestra, ultra
conservadora, que aferramos a las tradiciones y ahogando el espíritu. Y por
odio o envidia matamos al hermano y nos escandalizamos de que Jesús sea Hijo de
Dios: “el sumo sacerdote le pregunto de nuevo ¿eres tu el Hijo bendito? Y dijo
Jesús, sí, Yo soy…” Mc.14, 61-62.
Tantas veces optamos en
nuestro vivir diario, por vivir más con el capital que con el sermón de la
montaña, prefiriendo la justicia a la misericordia, la violencia al dialogo, la
guerra a la paz, Barrabás al Siervo de Yahvé.
Esta disyuntiva nos lleva a
Pilatos. Responsable decisivo de la muerte de Jesús.
Este Pilatos, cobarde e
hipócrita, sabiendo que se lo habían entregado por envidia, se vuelve a lavar
las manos en estos días para satisfacer a los acusadores (y el principal
acusador es el demonio) condenándolo con su gesto a morir entre traidores.
Pues ahí lo tenemos en
nuestro Credo, haciendo carne en estos días, como también nosotros, viendo a
inocentes perseguidos, calumniados o criticados; por satisfacer a la gente
negamos al siervo de Dios, por mantener nuestro poder o posición social,
crucificándolo en nuestros hermanos.
¿Quién no es también un
nuevo Pilatos?
Aparecerá la luz, y veremos
también a vecinos, que toman cada día su cruz y le siguen; piadosas mujeres que
acompañan a Jesús hasta el Gólgota. Son éstas también las que acompañan a Jesús
en el vía crucis de los hermanos que sufren, en los enfermos ayudando donde
aparece el problema en cada casa, en cada circunstancia.
Y como olvidarnos en este
drama de la figura de María, que no se escandaliza de la cruz de su hijo y ahí
está de pie, mientras la espada del dolor le atraviesa el alma. Modelo
incomparable de cuantos en esta semana seguirán a Jesús hasta el final, firmes,
de pie junto a la propia cruz, sabiendo que estamos bajo su maternal amparo y
protección.
Viendo realmente que somos
actores de nuestro propio drama existencial vivamos el Triduo Pascual de nuestro
Señor; vayamos a morir con él para resucitar y vivir de verdad nuestra
salvación.
Entremos de lleno en nuestro
Jueves Santo. Según nos dirá Lucas: El primer día de los ázimos, estando el
Señor en Betania, envió a Pedro y a Juan a preparar la pascua.
“El maestro nos preguntara
¿Dónde esta la sala donde pueda comer la Pascua con mis discípulos? Y el dueño
de la casa os enseñara una sala grande”.
Si tenemos nosotros el
sitio, sigamos. La Pascua es la fiesta más importante de Israel, entonces se
celebraba la fiesta de los pastores y la segunda la de los agricultores. Estas
dos fiestas constituían la pascua y rememoraban la liberación de las cadenas de
la esclavitud y la fundación de Israel como nación.
Nos dirá Jesús: “con ansia
he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”. Cierto es que nos
mirará uno por uno a los que estamos con él. Y tal vez nos dirá: -si no saltamos
al precipicio no nos nacerán alas; -en un baño tengo que ser sumergido y
después del baño habrá un prodigio.
El dolor se habrá
transformado en amor y el amor levantara las murallas del reino.
Habrá empezado la
ceremonia; y en nuestra iglesia, al igual que entonces, interrumpiendo la
cena, nuestro sacerdote figura de Jesús, se despojara del manto y tomando una
toalla se la ceñirá y lavara los pies a los discípulos y los secará con la
toalla con la que estará ceñido.
Un hecho que no debemos
dejar escapar es que en aquel tiempo este quehacer de lavar los pies era
normalmente realizado por los humildes esclavos. ¡Como debe iluminar esto la
altura de nuestro corazón!; ¡la realeza convertida en servicio!.
En verdad, los que podamos
hacer esto seguro que nos nacerán alas para volar. Abatiremos nuestras torres
orgullosas y podremos ser como el almendro en flor, que ante las acometidas del
vendaval suelta una lluvia de flores.
Pero también saldrá de
nuestra sala el Judas a consumar su proyecto.
Acabará la cena dejándonos
en prenda el más hermoso ceremonial y el combustible para todos los cristianos
de todos los tiempos: La Eucaristía.
Como de costumbre Jesús
saldrá del cenáculo, bajara al torrente de Cedrón y, después de atravesarlo,
entrará en el huerto de Getsemaní donde vendrá de nuevo el diablo a tentarlo
arrinconado, a que reniegue del Padre de la historia, de la misión.
¿Cuántas veces también
vendrá a nosotros con las mismas intenciones?
Y después de esta gran lucha
entrara manso y humilde en la voluntad del Padre.
Y veremos ya este Jueves
Santo por nuestras calles, nuestro Cristo atado a la columna, cautivo, atado y
maltratado con la cruz a cuestas. Pero sometido, no abrirá la boca ante Pilatos,
como cordero manso dispuesto al sacrificio, y en este silencio llevará de un
lado a otro, por las calles de Jerusalén y por las nuestras de Cómpeta, y de
tantos sitios, llevará la pesada carga de nuestros pecados. Ofrecerá la espalda
a los que le golpeamos, a nuestros insultos y salivazos; seremos este año de
nuevo la banda de insolentes que buscamos su muerte con nuestras miserias.
Amanecerá el viernes. La
noche habrá inundado de luna nuestras calles, y casi con olor a cera,
acompañaremos a nuestro Cristo en el vía crucis aterrizando en las estaciones la
realidad de Jesús en nuestras vidas, nuestros acontecimientos, nuestra
historia, los problemas reales de nuestra sociedad, no tan distinta de la de
Jesús ni con menos necesidad de amor de Dios.
Perdona a tu pueblo Señor.
¡Perdón, oh Dios mío!.
Viviremos nuestro particular
Viernes Santo interiorizando las últimas siete palabras de Jesús, sintiendo el
gran peso que tienen en nuestra vida, el gran valor para tantas ocasiones en las
que sentiremos también la sed, el abandono, el desaliento, el dolor.
Y aparecerá la cruz de
Cristo, y la nuestra, y será trascendental conocer nuestra propia cruz, porque
en ello nos va la vida.
La cruz, termómetro de la
existencia cristiana; en nuestra postura personal frente a ella discerniremos si
de verdad vamos a acompañar a Jesús este Viernes Santo. Qué postura tomaremos
frente a ella, si la rechazamos porque es un escándalo insoportable, o la
miramos desolados, queriendo entrar en el surco como fecundo grano de trigo
cubierto por la tierra; o escondemos los talentos, o bien nos resignamos a ver
si con el tiempo desaparece, o andamos como locos detrás de algún santo a ver
si la podemos dominar.
Entremos este día en
aceptarla positivamente, adorarla, animados por así “gloriarnos en la Cruz de
Jesucristo” como nos recuerda San Pablo. Por la cruz a la gloria, esa fue la vía
de Cristo, sea también la nuestra.
Para esta gloria, pasara por
nuestras calles la cruz.
La noche se nos viene encima
y es duro caminar solo y a oscuras. La lámpara se apaga pero nuestra historia de
salvación empieza de noche mientras Jesús baja a iluminar a los que viven en
tinieblas y en sombras de muerte, tocando así el íntimo fondo su kenosis.
Para predicar esa noche a
los espíritus encarcelados, a los incrédulos, a los ángeles perverso la buena
nueva de la salvación. “Para que vivan según Dios” como nos dirá San Pedro en
una de sus epístolas.
Para ser Señor de vivos y
muertos y para destruir tu muerte y mi muerte, por puro amor a todos los que nos
sabemos pecadores.
Para librarnos de la maldad
y rescatarnos de la iniquidad que habita en nosotros, de forma que pudiésemos
heredar la bendición del Espíritu prometido y pudiéramos decir esta semana
santa, de corazón: “me amó y se entregó por mí”
Y después de este paseo de
nuestro señor por el Seol, por nuestro seol, por nuestra muerte personal,
vivamos una noche de gloria real.
Veamos en la noche de
Pascua, la historia de salvación del pueblo de Israel; noche en que aparecerá la
luz, ¡sigámosla!; salgamos de nuestra oscuridad, de nuestras tinieblas y
veremos que cerca de nosotros tenemos personas que antes, sin luz, no las
podíamos ver, ni amar. Y después de la luz, La Palabra, que lo crea todo, y nos
llama a vivir la fe de Abrahán.
Un nuevo Moisés aparecerá
colaborando con Dios como figura de Jesús, nuestro guía y salvador que conduce
al cielo. Vivamos nuestra pascua, podremos sentir seguro el perdón, como primera
experiencia, como lo sintió Pedro y los demás que habían salido en estampida
ante el fracaso inminente.
Estamos invitados a que nos
dejemos habitar por un amor desbordado que vence al poder del mal. En nosotros
esta el ver, el sentir una fe nueva, renovada; no nos quedemos en nuestra
muerte, en nuestro dolor. El Señor no necesita de nuestro dolor, tampoco nos
libra de él, pero mirando al cielo donde él nos lleva todo cobra sentido.
No nos quedemos en nuestra
pobre historia, vivamos la gracia, la comunión con los hermanos. Realmente
Cristo Resucita y con el toda la Iglesia, incluso para el que duda, para el
rebelde, para los cobardes, para los creyentes, Dios salva y cuando lo hace, lo
realiza con su pueblo entero.
Jesucristo no nos rechaza a
ninguno, el espíritu del resucitado del que vamos detrás el domingo, es para
todos los corazones.
Por puro amor, Dios sabe que
sin su espíritu nada podemos hacer y seguro, que no terminamos de entenderlo,
que todos somos necesarios: el que no cree, el que no tienen esperanza, el que
no se fía; somos distintos pero llamados a querernos en el espíritu de Cristo
resucitado. Y lo mas importante es que todo esto no lo podemos conseguir con
nuestra inteligencia o nuestras propias fuerzas. Esto es un don, un regalo de
Dios.
Yo digo al igual que San
Pablo “creí por eso hable” y puedo decir todos los dones y regalos que el Señor
me ha hecho, desde el estar en su iglesia, la familia que me ha dado, los
hermanos e incluso por la bendición de poder ver la cruz como instrumento de mi
salvación.
Bendito sea Dios, que
incluso me regaló el poder estar en su tierra y comprobar con mis propios ojos
que el sepulcro estaba realmente vació.