Cómpeta,
sábado 12 de abril del 2003
Mis
queridos paisanos y hermanos todos: no sé si yo podré estar a la altura de
PREGONAR toda la intensidad que se encierra en esta Semana Santa que comenzamos,
semana Grande, semana Mayor, no porque sus días sean más grandes que los demás,
los hay más largos; ni porque haya más días, son iguales; sino porque en ella
vamos a hacer presente y a vivir con actos y procesiones el Misterio Pascual de
Cristo nuestro Señor.
Y,
aceptando la invitación que se me hizo por parte de nuestro párroco Don José
Luis Torres y los hermanos de las cofradías de nuestro querido pueblo de Cómpeta,
aquí estoy como hija del pueblo, para tratar de llevar a todos los presentes
las vivencias humanas y religiosas de estos días de gracia, días de salvación
y de verdad: Cristo dijo, «Yo soy
el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre, sino por Mí». Él nos está
invitando desde las imágenes que sacamos a nuestras calles, a seguirle y a
vivir su misma vida; nos descubre el AMOR inmenso de Dios y su misericordia
infinita, en su persona.
Aunque
este año nuestra Semana Santa no seguirá la trayectoria habitual de nuestras
procesiones a causa de las obras que se realizan en nuestro templo, sí habrá
algunas: mañana, Domingo de Ramos: La Pollinica, Via Crucis, el Sepulcro y la
Virgen de los Dolores, el Viernes Santo; el Domingo de Resurrección, el
Resucitado, seguido de la Magdalena —que desde aquí harán su salida. Y también
podremos participar y vivir intensamente los oficios del jueves, viernes y sábado
Santos, en la Vigilia Pascual.
Meditando
sobre estas palabras de Jesús en el texto evangélico de S. Mateo (Cp.25.
31-46): «Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer,
tuve sed y me disteis de beber, estaba desnudo y me vestisteis, era inmigrante y
me acogisteis, estuve enfermo y encarcelado y me visitasteis».
«¿Y,
cuándo, Señor, te vimos hambriento y te dimos de comer, con sed y te dimos de
beber, desnudo y te vestimos, inmigrante y te acogimos, cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte?».
Y Él contestará: «Os aseguro que lo que hayáis hecho a estos mis hermanos
pequeños me lo hicisteis a mí».
Pero
también nos reprochará que cuando no lo hicimos con el otro, a Él no se lo
hicimos.
He
querido empezar así para recordarnos que esta imagen de nuestro Cristo que
sacamos en su trono por nuestras calles, y ante quien nos emocionamos y rezamos
fervorosamente durante esta semana, tiene presencias reales que están con
nosotros todos los días del año. Él está de una forma real en cada uno de
nosotros, en cada uno de todos los hombres y mujeres que tenemos cerca, familia,
amigos, paisanos, los no amigos y los más lejanos, en el enfermo, el anciano,
el drogadicto... y nos recuerda que cada vez que damos un vaso de agua, un
favor, una sonrisa, una ayuda, un saludo, TODO se lo estamos haciendo a Él.
Y cada vez que negamos una visita, una sonrisa, una ayuda, un saludo, una
comprensión, un perdón, una acogida, se lo estamos negando a Él.
En
el Antiguo Testamento, el amor a Dios y al hermano iban por separado; ahora, en
el Nuevo Testamento, Jesús los une de tal forma que el amar a Dios tiene que
pasar por el otro, el amor a Dios y al hermano son inseparables. Por eso, cuando
nosotros procesionamos a nuestras imágenes sagradas que nos representan a
Cristo y a su Madre la Virgen Dolorosa, tiene sentido si es fruto de este amor a
Dios concretado y hecho realidad en los pobres, los sencillos los marginados... Cristo
se quiso quedar siempre con nosotros y está realmente presente en el hermano y
en la Eucaristía, las dos presencias vivas de Dios en nuestro mundo.
Mañana,
domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, en este día Jerusalén y el
monte de los olivos están aquí en Cómpeta. Nuestras calles y balcones se van
a engalanar, con alfombras y mantos tendidos, igual que
nuestros niños, jóvenes y mayores con palmas y ramos de olivo. Porque
el Señor, nuestro Rey, viene justo y victorioso, humilde y montado en un asno,
un pollino de borrica. Viene proclamando la Paz sobre nuestras violencias,
en su rostro se refleja amor inmenso, bondad, mansedumbre, misericordia;
todo es sencillo, todo es alegría y alabanza. «¡Bendito el que
viene en el nombre del Señor!», cantaban entonces y cantaremos nosotros, «¡Este
es el día que hizo el Señor!»; «¡Ordenad una procesión con ramos!»; «¡Tu
Rey esta llegando!»... Quizá,
cuando salga desde San Antón, y por la calle San Antonio hasta llegar al templo
para celebrar la liturgia de este domingo, Jesús llorará, hoy como entonces,
por todos nosotros, porque muchas veces no le reconocemos ni le aceptamos en
nuestro pueblo, ni en nuestras vidas. Jesús es humano, siente la emoción y
sabe amar hasta el llanto, y nos impresionan estas lágrimas en el día de su
triunfo, y es que a Él le duele la suerte de cada uno de nosotros. Estos
ramos de olivo que levantamos en honor de Cristo y que después llevamos a casa
son signos de bendición y de paz. Signo del amor y de la paz
que Cristo quiere que tengamos en nuestros hogares.
El
pueblo de Israel, que le aclamó, pocos días después pedía a gritos que le
crucificaran. Nosotros, sí, queremos aclamarle, para seguir después toda la
Semana Santa acompañándole, sufriendo en sus sufrimientos y poder resucitar en
la Vigilia Pascual.
El
Miércoles Santo no tendremos nuestra procesión, pero sí que podemos estar
ya en actitud vigilante y adentrándonos en el misterio de este Dios Hombre que
se entrega por cada uno de nosotros. Esta noche, desde nuestro interior nos
podemos imaginar a Jesús, cautivo por nuestro amor, juzgado injustamente,
azotado en la columna y con su cruz a cuestas. Cómo le miraban los
curiosos, los que le acusaban y pedían su muerte, los verdugos, los que iban y
venían; y cómo le miraba el grupito pequeño de las mujeres que le seguían, cómo
le miraba su madre y... cómo le miro yo.
Yo
recuerdo de niña esas miradas de mujeres del pueblo, de mi madre... cuando
miraban a nuestra Madre, la Virgen de los Dolores. No hay que entender mucho
para comprender el dolor de una madre ante el padecimiento de sus hijos
sufrientes.
El
Jueves Santo,
día grande para nosotros. En esta tarde Jesús sentado a la mesa con los suyos,
nos dirá: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros». (Lc
22,15) ¡Jesús desea celebrar la Pascua conmigo! Aquí en nuestra
Iglesia, también todos nos sentaremos alrededor de su mesa para celebrar la
Cena del Señor, donde Jesús desborda todos los sentimientos que lleva en su
inmenso corazón; nos hará participar de su
intimidad, de su fuerza, de su generosidad, de su entrega. En esta tarde,
Jesús, el Maestro, nos dará lecciones inolvidables, nos legará sus mejores
dones y sus últimas palabras.
«Vosotros
sois mis amigos... ya no os llamo siervos..., no tengo secretos para vosotros».
(Jn
15, 14-15)
«No
os dejaré huérfanos, volveré a vosotros». (Jn 14,18)
«Habiendo
amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». (Jn
14,18)
A veces
las palabras son insuficientes; por eso Jesús por medio de
los gestos y signos —porque se nos graban mejor—, nos hace comprender
su mensaje. Y por eso nos fijamos en cada detalle de la escena: «Jesús se
levantó de la mesa, se quitó el manto, se ciñó la toalla, echó agua en el
jarro
y
se puso a los pies de sus discípulos». Son los pies de sus amigos, los pies de
cada uno de nosotros, pies sucios y llenos de polvo de nuestros caminos.
Jesús
quiere que nuestro amor se parezca al suyo, que nuestras manos continúen la
obra que Él empezó.
En
esta Cena entrañable en que todo parece distinto, que no entienden bien qué
pasa, porque hay algo que les desborda y entristece, hay sabor a despedida,
porque Jesús les está confiando su intimidad, abriéndole su corazón como el
amigo muy amado.
Él
partió el pan para ponerse al alcance de la debilidad humana, para que todo el
que lo coma viva para siempre.
Por eso dijo: «Haced esto en memoria mía».
Otra presencia viva y real, como ya he dicho.
¡Qué
escondido estás, Señor, en nuestros sagrarios!
¡Qué
escondido y perdido en la Hostia Consagrada!
Estar
tan presente, desde la no presencia. ¡Esto sólo se le ha podido ocurrir a
Dios!
Y
aquí, en esta presencia escondida, te acompañamos durante toda la noche, mucha
gente entra y sale, o se quedan horas y horas contemplando, orando, acompañando
entre alguna que otra cabezada por el sueño. Es
nuestra vela ante el Monumento, ni siquiera en las horas más críticas
de las cuatro, cinco y seis, está el Señor solo, porque su pueblo de Cómpeta
vela con Él.
Esta
noche, Señor, permíteme hacer una oración hablando contigo de esta tu
terrible pasión y muerte. ¿Por qué, Señor, tuvo que ser así? Tú nos podías
haber redimido de otra forma, pero así nos diste la prueba de AMOR más grande
de la historia. Tú te entregaste a la muerte voluntariamente; tu muerte no fue
una casualidad, fue algo buscado por Ti , por amor a cada uno de los hombres y
para gloria de tu Padre. Pero tu condena a muerte también fue la explicación
de tu conducta. Quien se pone
del lado del bien y ataca el mal tan radicalmente como Tú lo hiciste, no tiene
más remedio que morir, asesinado por los que se ven acusados por el profeta que
denuncia.
Fuiste
el hombre libre por excelencia. ¡Con cuánta valentía denunciaste los males de
aquella sociedad opresora y corrompida! ...y ¿no harías ahora lo mismo si vinieras de nuevo al mundo? Pero
Tú no te serviste de las terribles armas.
Preferiste morir antes que matar. Tu
muerte ha valido más que si hubieras usado de la violencia, venías a salvar y
no a destruir. ¡Hubiera sido tan fácil
arreglar el mundo quitando de en medio a todos los malos y opresores! ...pero
entonces, ¿a quién hubieras podido dejar vivo?, pues ¿quién no es de
alguna manera malo y opresor?, y acaso
¿es que existe algún hombre que no
tenga algo bueno y no sea posible de redimir?
Tú
pensabas de otra manera: ¡Amar hasta morir! ¡Perdonar siempre! ¡Poner una
mejilla si te golpean la otra!
Te
llamas el «siervo paciente de Yahvé». Todo lo que se dice de él en Isaías
53 se cumplió en Ti de forma escalofriante: te condenaron a muerte todos los
tribunales civiles y religiosos de la tierra en que vivías. Se cometieron toda
clase de injusticias y atropellos contra Ti. Pero Tú no te defendiste. Te
escupieron el rostro, —¡Rostro de Dios!—, te abofetearon, te mesaron la
barba, se burlaron de Ti, te coronaron de espinas... fuiste triturado: «Desde la planta de los pies hasta la coronilla no hay parte
sana en tu cuerpo». Y es que cargaste con mis pecados y en tus llagas hemos
sido nosotros curados. Con tu sangre nos rescataste. Pagaste lo que yo debía.
Hoy
también en nuestro mundo Tú sigues siendo azotado, coronado, explotado,
cautivo y esclavo en tantos hombres y mujeres que sufren,
Cristos vivos de nuestros días.
Después
de esta larga noche, ya en la alborada, nuestros hombres van llegando al templo, es el Viernes Santo y va a comenzar el Vía Crucis de los hombres. Aquí
también recuerdo cómo nos impactaban, y nos siguen impactando en medio del
silencio de la madrugada, los cantos de estas voces duras y roncas que
sobresalen y resuenan en todo el pueblo.
Cristo
va en la Cruz. Este año no lleva trono, será el pueblo su trono,
prestando sus hombros y sus brazos. Aún me parece que estoy viendo
cuando hace algunos años, bajaba nuestro crucificado por la esperilla de la
plaza, como decimos aquí. Los portadores del trono lucían capas negras, signo
de luto, y cual otros cirineos con aquellas horquillas grandes sujetaban y
ayudaban el paso por todo el recorrido, con sumo cuidado, como con mimo; resistiéndose
a marcharse el recuerdo de todos los que hemos contemplado aquella hermosa
estampa.
Quizá
también hoy a nuestros niños y jóvenes se les quede muy grabada, para toda su
vida, esta imagen de Cristo Crucificado que va sin trono con su mirada lejana
perdida hacia el cielo, y a la vez cercana para su pueblo de Cómpeta, como
sellando una alianza eterna entre Dios y nosotros.
Cristo
en la cruz, signo máximo de ese programa de Siervo de Yahvé.
Cristo
es el Redentor de todos los hombres y el amigo del hombre.
La
Cruz sigue siendo hoy necedad y escándalo, pero al mismo tiempo sabiduría y
fuerza de Dios. Una sabiduría que no es para pasarlo mal, sino para resucitar
con Cristo. La Cruz de Jesús nunca será derrota, sino resurrección y vida
para los hombres. De ella depende la salvación del mundo, de la humanidad. El
Redentor, con sus brazos bien abiertos —tan al alcance de nuestras manos, que
hasta le podemos tocar—, en el centro de nuestro pueblo, nos sobrecoge y
concentra toda nuestra atención.
LAS
TRES DE LA TARDE:
Todo
el dolor del mundo pende de una cruz en Jesús de Nazaret, «varón de dolores>>.
De
sus cinco heridas brota la sangre derramada de tantas víctimas de la violencia;
y de tantas víctimas de esta guerra injusta y cruel y de tantas otras guerras.
Por su boca expira el aliento de los sin voz, de los que nunca pudieron decir lo
que sentían aplastados por la prepotencia del dinero, del orgullo, de las
armas, de la soberbia del corazón, del aborto.
El
aire de las tres de la tarde olía a muerte y a derrota para los que no podían
ver... que eran casi todos. ¡Sí, casi todos!.
Tan
sólo un grupito de personas acompaña al ajusticiado... entre ellas Juan, joven
y valiente, María su madre, y allí, al pie de la cruz escuchó de labios de su
Hijo esta frase que se clavaría en su corazón: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por
qué me has abandonado?». Ese grito de Jesús aún resuena en las personas
que se sienten abandonadas de la presencia de nuestro Dios; pero María no se
revela, no protesta; calla uniendo su voluntad a la de su Hijo y al Padre, de ahí
que sea nuestro modelo de aceptación.
Y
aquí en estos momentos últimos, Jesús nos
da lo que le queda, su madre.
«Mujer,
ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí
tienes a tu Madre».
Es
un momento importante donde Jesús no sólo se preocupa por el futuro material
de su madre, sino que hay una realidad más profunda, se trata de una
maternidad distinta y Juan es alguien más que Juan en ese momento. Juan es la
Iglesia naciente; a nosotros allí, representados en Juan, se nos da una madre
espiritual. María experimenta de nuevo una fecundidad nueva que le sabía a
Belén. Y Ella, como entonces, pronuncia un «Hágase» lleno de entrega y
abandono.
Más
tarde, con el sermón de las Siete Palabras, todo Cómpeta se centra otra vez en
el Templo y entre estos cantos tan especiales que nos hacen estremecer, mientras
meditamos en cada palabra de Jesús en la Cruz, con el aliento entrecortado,
estamos viendo morir a Cristo.
(Lc.23,
44-46) «Se oscureció todo el territorio hasta media tarde, al faltar el sol.
El velo del templo se rasgó por medio. Jesús gritó con voz fuerte: “¡Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu!”. Dicho lo cual, expiró». Nos
estremecemos siempre al oír este último grito y quedamos como vacíos... Después
vino un soldado y con una lanza le atravesó el corazón de parte a parte, y al
punto salió sangre y agua —es la sangre derramada de la Nueva Alianza
anunciada por Jesús, así como el agua, símbolo de nuestro bautismo.
Concluidas las siete Palabras, en los oficios del Viernes Santo, adoramos y
reverenciamos a Cristo muerto en la Cruz, hecho entrega y generosidad por cada
uno de nosotros. En este momento nuestra contemplación es agradecida y
arrepentida, llena de inmenso amor y de compromiso, llevándonos a estar cerca
de todos los que, por una razón u otra, deben seguir soportando su cruz.
La
Madre con todo su amor, recoge el cadáver de su amado Hijo, rota por el
dolor y la amargura. Y cuando llegue la noche, a la hora del entierro, nosotros,
sus otros hijos acompañándola, le seguiremos en profundo silencio.
Ante
su sepulcro nuestras almas harán llanto, como se hace llanto por el Hijo único,
porque siendo inocente fue muerto el Señor.
Jesús
es piadosamente sepultado, en un sepulcro nuevo excavado en la roca. Es como si
fuera el final de una historia, de una maravillosa historia de amor.
Pero
este sepulcro es, sobre todo, esperanza, tiene más de huerto que de cementerio.
Y
en este Sábado Santo, día de luto, yo recuerdo que se estaba a la expectativa,
no se cantaba, no se ponía la radio... se esperaba... acompañando a la Madre.
Nuestro
amigo, nuestro amado, volverá al tercer día, volverá después del descanso
merecido, volverá cuando el grano se convierta en espiga.
Cristo
no puede morir, porque vivió en el amor y el amor es más fuerte que la muerte;
no puede morir, porque es la Vida. Y
cuando Cristo resucite todo será distinto, todo será nuevo.
Porque
resucitó. Fue al tercer día, como Él ya lo había predicho muchas veces.
Como
dijo un autor: “Un arco iris rompió definitivamente la noche oscura en el que
el alma dormía”.
¡CRISTO
HA RESUCITADO... Y NOSOTROS CON ÉL!
¡Que
sea una explosión de júbilo y esperanza la Vigilia Pascual! Todos la
celebraremos llenos de inmensa alegría, dando gracias al Señor, porque es
bueno, porque es eterna su misericordia. Este día se prolonga una semana y
durante cincuenta días más gozaremos de su claridad.
Pascua
es la gran fiesta cristiana, es la experiencia que más identifica a los
cristianos. Somos los que creemos en la vida, los que esperamos la vida, los que
adoramos al Dios del amor y de la vida.
El
Domingo de Resurrección no es el final, sino el comienzo de otra historia... de otra historia
sin final, porque como decimos en el Credo «Su Reino no tendrá fin». Cristo
Resucitado ha dejado de pertenecer al mundo de los muertos y es Dios en toda su
plenitud. Él sigue presente donde quiera que tantos hombres y mujeres
portadores de estos DONES recibidos luchan por un mundo nuevo, lo llenan todo de
ilusión, comparten y alivian, liberan y ayudan, alientan ideales generosos, y
se esfuerzan por construir la PAZ
tan deseada.
Que
día más hermoso, más alegre este Domingo de Resurrección: temprano, cuando
el sol empieza a levantarse, la música y las bandas de cornetas y tambores en
la plaza nos despiertan, si es que estábamos dormidos aún. Pronto empieza a
salir la procesión del Resucitado; este año le acompaña sólo la Magdalena,
la pecadora que al encontrarse con Cristo cambió toda su vida y amó tanto al
Señor que le concedió el poder ser la primera que le viera resucitado. Con su
trono nuevo y vestida de blanco, es una figura especial para los jóvenes que,
con tanta ilusión van continuando esta labor de hacer posible nuestras
procesiones en la calle; son nuevas generaciones
que se lo toman en serio, para que nuestras tradiciones nunca se pierdan.
¡Qué
hombría la de los portadores del trono del Resucitado! Aguantando el sol de justicia, van bajando por calle José Antonio,
Huertos, Paco Hernández, el
arroyo, San Sebastián, la antigua Carrera, la Plazoleta, calle Toledo, para
llegar finalmente a la Plaza. Toda esta procesión me la imagino siempre como si
fuésemos los caminantes de Emaús, y Cristo Resucitado caminando a nuestro
lado, nos explica las escrituras y enciende nuestro corazón para que le podamos
reconocer. Aquí entre la música y la alegría, después de los saludos, los
tronos se irán retirando para su encierro. Pero todo esto no es sinónimo de
final de unas fiestas, sino de que el Espíritu de Jesús Resucitado, es quien
nos renueva, nos da vida y nos hace vivir en el amor para siempre. Porque vivir
la Pascua es vivir amando hasta el fin, para que seamos también colaboradores y
testigos de la Resurrección.
Luego
esta semana que hemos vivido tan cristiana, tan intensa, no se puede quedar sólo
en estos días. La llevaremos y la prolongaremos durante todo el año, en la
familia, en el trabajo, en el estudio, en las alegrías y en las penas.... pero
sobre todo en el gozo de sabernos ya resucitados con Cristo, que Vive y Reina
por los siglos de los siglos... AMÉN.
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